El Movimiento Nacional de Crímenes de Estado (Movice) ha publicado una carta en la que plantea que Colombia atraviesa un momento histórico crucial, donde las decisiones sobre paz, verdad y justicia definirán el futuro de la nación. Tras décadas de conflicto armado, violencia sociopolítica, exclusión y profundas desigualdades, la sociedad colombiana enfrenta el desafío de construir una democracia real que impida que la violencia reemplace a la política y al diálogo.
El papel de las víctimas en la construcción democrática
Las víctimas de crímenes de Estado han sido protagonistas de una de las páginas más dolorosas de la historia colombiana, pero también la más invisibilizada. Han sufrido desaparición forzada, persecución política, ejecuciones extrajudiciales, desplazamiento forzado, despojo de tierras, estigmatización e impunidad. Sin embargo, el Movice subraya que reducir su historia al dolor sería desconocer su papel fundamental en el país.
Las víctimas no solo han padecido la violencia, sino que se han negado a aceptar la guerra como destino inevitable. Madres que buscan a sus hijos, comunidades que resisten el silencio y organizaciones que mantienen viva la memoria han sido clave en las conquistas democráticas de las últimas décadas. Los avances en el reconocimiento de víctimas, la creación de mecanismos de verdad, los procesos de búsqueda y los esfuerzos por consolidar la paz son resultado de años de movilización social y de una convicción democrática: ninguna sociedad puede construir un futuro digno sobre la impunidad.
La paz como necesidad democrática
El Movice afirma que su apuesta por la paz no es ingenua. Nace de conocer las consecuencias humanas, políticas y sociales de la guerra, y de comprender que la violencia no resuelve los problemas estructurales. Defender la construcción de paz implica garantizar que las diferencias se tramiten a través de la democracia, no mediante la eliminación física de quien piensa diferente. Significa proteger la vida como valor fundamental y entender que ninguna causa justifica la negación de la dignidad humana.
La defensa de la democracia surge de una experiencia histórica concreta: se deteriora cuando la diferencia política es presentada como amenaza, la protesta social es criminalizada y quienes ejercen oposición carecen de garantías. La historia reciente de Colombia dejó lecciones sobre las consecuencias de ese camino, por lo que es indispensable fortalecer una democracia que amplíe derechos, escuche a las comunidades y reconozca la diversidad como riqueza colectiva.
Garantías de no repetición: un compromiso ético
A casi una década de la firma del Acuerdo de Paz, el país enfrenta una responsabilidad histórica. La paz no puede ser vista como un asunto exclusivo de quienes firmaron el acuerdo o de los territorios más golpeados por la guerra. Es una necesidad democrática para toda la sociedad. Su consolidación depende de la capacidad del Estado y la ciudadanía para garantizar derechos, proteger la vida, combatir la impunidad y superar las causas que alimentaron la violencia.
Las garantías de no repetición representan un compromiso ético con la historia del país. Significan reconocer que ninguna democracia es sólida mientras persistan condiciones que permitan la persecución política, el asesinato de líderes sociales, la exclusión de amplios sectores o la violencia como mecanismo de control. El Movice espera un país que haga de la vida el centro de sus decisiones, fortalezca los caminos de paz, garantice la participación política sin miedo, proteja a defensores de derechos humanos, reconozca el papel de mujeres, juventudes y sectores excluidos, y comprenda que la justicia, la verdad y la memoria son condiciones indispensables para un proyecto de nación democrático.
Disputar el futuro desde la memoria
Las víctimas han dedicado décadas a la búsqueda de verdad y justicia, pero su lucha no es solo una disputa con el pasado. Cada proceso de búsqueda, acto de memoria y exigencia de justicia es una forma de disputar el futuro. La verdadera dimensión de las garantías de no repetición consiste en construir una sociedad donde desaparezcan las condiciones que hicieron posibles los crímenes. Las generaciones precedentes dejaron una tarea inconclusa: construir una Colombia donde la diferencia no sea motivo de persecución, la democracia no sea reducida por el miedo y la vida tenga más valor que cualquier proyecto de poder.
Por respeto a esa historia y responsabilidad con quienes vendrán, Colombia no puede renunciar a los aprendizajes del dolor ni a los avances conquistados. No puede aceptar discursos que conviertan la diferencia en amenaza ni proyectos que resuelvan mediante la fuerza problemas que pertenecen a la política, la justicia social y la democracia. La paz, la verdad, la justicia, la memoria y las garantías de no repetición representan la posibilidad de construir un país donde nunca más una persona sea perseguida por pensar diferente, ninguna familia tenga que pasar décadas buscando a un ser querido y la democracia sea lo suficientemente fuerte para proteger la dignidad humana. Que nunca más el miedo, la estigmatización o la violencia definan el destino colectivo. Ese es el país por el que miles de víctimas han luchado, el legado que defienden y el horizonte que proponen para Colombia.



