No solo se cumplen cincuenta años de la muerte del más aristocrático y popular de nuestros poetas, León de Greiff, sino poco más de un siglo de la confrontación entre dos generaciones: “Los Centenaristas” y “Los Nuevos”.
Polémica entre dos generaciones
¿Quiénes fueron “Los Centenaristas”? No eran un grupo de contornos definidos, más bien la inteligencia colombiana que se aglutinó alrededor de las conmemoraciones del primer centenario de la Independencia. Dueños de las esferas políticas e intelectuales del país, profesaban un modernismo de cajón y exaltaban las costumbres y las tradiciones. Tenían figuras a ambos lados del espectro, como los liberales Alfonso López y Eduardo Santos, y el conservador Laureano Gómez. Algunos de sus poetas cayeron en el olvido, como Aurelio Martínez Mutis, poeta bumangués cuya carrera estuvo llena de triunfos y cuyo epitafio reza “cantor máximo de la Patria y la Fe”, dos enfermedades de las que nunca pudo liberarse. También se podría hablar de Roberto Liévano, bardo de las bodas y los acontecimientos fúnebres; o Leopoldo de la Rosa y su misticismo trasnochado; y Miguel Rasch Isla y su monótono erotismo de amadas hipotéticas y ausentes. Pero esta generación también tuvo como poeta a Luis Carlos López, el precursor de las tendencias de vanguardia que, según el juicio de Juan Gustavo Cobo Borda, siempre fue un “humorista de provincia”. Poeta del Centenario fue Porfirio Barba Jacob, quien nunca abandonó el tono angustiante y confesional de la época ni sus temáticas metafísicas, como la invocación de la muerte, la transitoriedad de lo humano y la creencia en la imposibilidad del lenguaje para expresar el misterio de las cosas. Fue centenarista José Eustasio Rivera, que dio la espalda al exotismo del trópico; y lo fue Eduardo Castillo, adicto a la heroína, el más letrado y decadentista de todos, de quien diría David Jiménez que parecía “oscilar, como la Bogotá de comienzos de siglo, entre las imágenes de la urbe moderna y las de la aldea arrullada por campanas y rosarios”.
La irrupción de “Los Nuevos”
Ese era el panorama hacia 1925, fecha en la que irrumpió la Generación de “Los Nuevos”, con el claro propósito de renovar las letras y la cultura en general. Entre sus figuras destacaba Alberto Lleras Camargo, secretario de redacción de la revista epónima que duró apenas cinco números y le sirvió de vitrina a un grupo heterogéneo, conformado por Luis Vidales, Jorge Zalamea, Rafael Maya y León de Greiff. También estuvieron vinculados al entorno de “Los Nuevos” Germán Arciniegas, Jorge Eliécer Gaitán y Hernando Téllez, entre otros. Su programa tenía el objetivo de oponerse a la Generación del Centenario, acusada de haber traicionado la posibilidad que se le ofrecía al país, luego de un período de sucesivas guerras civiles, de orientar su historia, su educación y su cultura hacia la autonomía política y la autodeterminación económica, el progreso y la ética en todos los aspectos de la vida nacional. A pesar de estas resoluciones, “Los Nuevos” no llevaron a cabo su programa revolucionario; su revista solo tuvo una vida de dos meses. La mayoría de sus miembros se fundieron con el sistema que contradecían y no lograron dar una estructura moderna al país ni apoderarse de los círculos intelectuales. Una vez divididos, su legado puede considerarse como una crítica a la sociedad del momento y como un conjunto de obras que renovaron e impulsaron el desarrollo de la literatura colombiana.
Primera paradoja: ser cosmopolita y ser nacional
El poeta y la historia literaria construyeron la imagen de un autor cosmopolita, venido de muchas partes, con ancestros suecos y alemanes, pero bien anclado en el suelo antioqueño. La fricción de los linajes de León de Greiff, este vikingo urbano, es un ejemplo del diálogo entre América y Europa, de la aspiración de “Los Nuevos” a un arte que no se ahogue en los límites de nuestras fronteras y de la necesidad de los centenaristas de construir un arte nacional. No hay una obra en Colombia que absorba con mayor ahínco a los poetas románticos, a los simbolistas, que se apasione con tanto fervor por el viaje y las geografías recónditas, que dialogue con la literatura mundial de diversas épocas y que, al mismo tiempo, tenga tantas dificultades para conocerse fuera del país. No hay una poesía tan abarcadora en su impulso creativo y tan local en su recepción.
Fuera de Colombia, León de Greiff sigue siendo una curiosidad. Su obra traducida es mínima, a pesar de que haya versiones en idiomas tan dispares como el catalán, el tagalo y el checo. Sus numerosos mamotretos apenas circulan en el ámbito de los especialistas. En cambio, en el imaginario de la nación, recuerda Marco Ramírez Rojas en su libro Cartografías cosmopolitas, León de Greiff forma “parte constitutiva de la mitología cultural colombiana”. Recordarlo es celebrar nuestro patrimonio. Al igual que Borges con las bibliotecas de Buenos Aires, León de Greiff construyó su obra con las bibliotecas y librerías de Bogotá, convencido de que tenía derecho a todas las tradiciones.
Segunda paradoja: ser erudito y ser popular
Leí por primera vez a León de Greiff, como muchos, en el colegio. Mi profesor de filosofía del IPARM, Arturo Esguerra, decía que debíamos leerlo con un buen diccionario. La lengua de León de Greiff es un enjambre de neologismos, arduas sintaxis, palabras olvidadas, préstamos de los varios idiomas que leía, una lengua que se deja llevar por la música sin importar el significado. Y, a pesar de su dificultad, es uno de nuestros poetas más populares. Muchos colombianos recordamos al menos un verso de León de Greiff. Incluso los personajes de novela lo declaman. César Carballo, en La forma de las ruinas de Juan Gabriel Vásquez, suelta estos versos que “seguirá recitando toda la vida”: Esta rosa fue testigo de ese, que si amor no fue, ningún otro amor sería. ¡Esta rosa fue testigo de cuando te diste mía! Estos octosílabos son un ejemplo del poeta popular que conquistó la sensibilidad y la memoria de la nación. Es muy raro encontrar un poeta que afirme y niegue la vanguardia, que pueda escribir “tal un ventripotente agrómera de jipa”, al lado de “es tan bello ver fugarse los crepúsculos”. Gracias a sus síntesis extravagantes, el administrador de ferrocarriles, jugador de ajedrez, profesor de música y literatura, a quien el joven Gabriel García Márquez espió durante años en el café El Molino, fue el más popular de nuestros poetas eruditos. Pero la erudición en León de Greiff lo llevó al caos, al hermetismo y al absurdo. Su devoción por la música, el arte que él consideraba superior a todos los demás, lo condujo al fárrago y a la anarquía. Su grandeza lo volvió intraducible. Su universalismo lo aisló. Pero a él no le importaba. Sus versos ya corrían por el torrente sanguíneo del país. Bajo esta perspectiva, no es exagerado el juicio de Harold Alvarado Tenorio al afirmar que León de Greiff “fue sin duda el artista e intelectual colombiano más adorado del siglo, amado por su rebeldía, admirado por su inteligencia y humildad, reverenciado como amigo y como poeta”.
Tercera paradoja: “todo no vale nada, si el resto vale menos”
Ya dije que leí por primera vez a León de Greiff en una clase de filosofía, lo cual también es una paradoja. Nuestro profesor nos leyó el “Relato de Sergio Stepansky”, y en muchos de nosotros quedó grabada para siempre aquella máxima: Juego mi vida, cambio mi vida. De todos modos la llevo perdida. Y este era apenas el inicio de un poema in crescendo que nos contaba a nosotros mismos y que nos seguiría contando en otros momentos de la vida personal. Y en muchos de la vida colectiva. Recuerdo que al final de la clase el profesor leyó “Balada de la fórmula definitiva y paradojal”, un cataclismo para los 25 adolescentes que seguíamos la fotocopia y no podíamos más que reír, aunque no sabíamos de qué nos reíamos. Tuvieron que pasar unos años para que supiera que, en este poema de 1918, el estribillo era un alejandrino: “todo no vale nada, si el resto vale menos”. Aquí se concentra una de las paradojas de León de Greiff. Su poética destruye toda creencia en la utilidad de la poesía y, sin embargo, formula su escepticismo en versos perfectamente medidos. La métrica fue su ancla de salvación; el ritmo su razón de ser. La música su derrotero. Es posible que la tradición haya tomado demasiado en serio a un poeta que, en gran parte de su obra, solo quería divertirse. Con todo, así fuese una labor inútil, así la poesía fuese Nadería y sueños de hojalata, no por ello el poeta renunció a la veneración del verso. Cuando Nicolás Guillén presentó a nuestro bardo en un recital en La Habana, consideró su poesía “de ritmo extraño y extraña música, pero no de esto solo, sino de angustiada sabiduría y de recóndito dolor”. Ese poeta que muchos percibían burlón y sarcástico también padeció de una profunda tristeza, pero no a la manera de los poetas sentimentales del Centenario, sino al modo nihilista de “Los Nuevos”. Y en ese sentido, nuestro profesor de filosofía quería hablarnos del hedonismo nihilista, de la visión de la vida dominada por la celebración de los placeres más inmediatos. Una visión unida a la conciencia del valor nulo de toda empresa y existencia humanas. Una filosofía que no tenía contexto, pues León de Greiff no fue un poeta de escuelas ni de ideologías, no escribió la obra en la que la historia de una nación pudiera reconocerse y comprender sus angustias y procesos. Este rechazo a cantar su época es tal vez la garantía de su posteridad. Esa misma que hoy, cincuenta años después de su muerte, seguimos celebrando.



