La tarde del 21 de junio convivieron dos sonidos en Barranquilla: la efusión y el silencio. En el norte, desde donde los edificios de mínimo cinco pisos solo salían camionetas, los pitos de las caravanas que se dirigían hacia La Ventana al Mundo para escuchar al nuevo presidente se convirtieron en el unísono de la ciudad. A varios kilómetros de allí, el silencio inundaba a La Playa, uno de los dos corregimientos rurales que rodean la capital de Atlántico. Dos ciudadanías que votaron por proyectos de país distintos, que expresaban el sentir de una ciudad dividida.
La geografía del voto en Barranquilla
El contraste no es casual. Barranquilla, capital del Atlántico, ha sido históricamente un bastión del clientelismo y las maquinarias políticas, pero en las elecciones de 2026 la fractura se hizo más evidente. Mientras en el norte, sectores como el barrio El Prado y la zona de la Circunvalar, predominan los votos por candidatos de derecha como Abelardo de la Espriella, en el sur y los corregimientos rurales como La Playa, el apoyo se inclinó hacia Iván Cepeda y otras fuerzas alternativas. Según datos de la Registraduría Nacional, en La Playa la votación por Cepeda superó el 60%, mientras que en el norte de la ciudad, De la Espriella alcanzó picos del 70%.
El Malecón del Río: un escenario de celebración y exclusión
Horas después del cierre de mesas, cientos de barranquilleros se reunieron en el Malecón del Río para ver el partido de la selección Colombia, pero también para celebrar el triunfo de su candidato. Sin embargo, no todos compartían el mismo entusiasmo. "En La Playa no hubo fiesta, solo silencio. La gente se quedó en sus casas, algunos llorando", relató un habitante del corregimiento, que pidió reservar su nombre por temor a represalias. La diferencia no solo fue política, sino también socioeconómica: mientras los asistentes al Malecón llegaban en vehículos particulares y vestían ropa de marca, en La Playa el transporte público era escaso y la mayoría de sus habitantes son trabajadores informales o campesinos.
Las voces de la división
El politólogo Nicolás Torres García, autor de este análisis, señala que "Barranquilla es un microcosmos de la polarización nacional. Las élites del norte han construido un discurso de progreso y seguridad que cala en las clases medias y altas, mientras que en el sur y las zonas rurales persiste el abandono estatal y la desconfianza en las instituciones". Torres, quien ha colaborado con medios como La Silla Vacía y Context by Reuters, agrega que "el clientelismo sigue siendo el principal mecanismo de movilización electoral, pero cada vez es más contestado por liderazgos locales que emergen desde la base social".
Elecciones 2026: ¿una nueva grieta?
Las elecciones de 2026 dejaron en evidencia que la ciudad no es monolítica. Mientras que en el norte se impuso la maquinaria de Cambio Radical, liderada por Alejandro Char, en el sur y los corregimientos creció la opción de Iván Cepeda, apoyado por sectores de izquierda y movimientos sociales. La diferencia en la participación también fue notable: en el norte, la abstención rondó el 40%, mientras que en La Playa superó el 60%. "La gente está cansada de promesas incumplidas. Por eso muchos ni siquiera salieron a votar", comentó un líder comunal de La Playa.
El futuro de la ciudad
La fractura política en Barranquilla no es nueva, pero se ha profundizado en los últimos años. El crecimiento urbano desordenado, la falta de oportunidades laborales y la inseguridad son problemas que afectan a ambos sectores, pero que se viven de manera distinta. Mientras en el norte se refuerzan las medidas de vigilancia privada, en el sur y los corregimientos la policía llega solo cuando ocurre un delito grave. "Necesitamos un gobierno que mire a toda la ciudad, no solo a los que tienen poder económico", reclamó un habitante del sur. Las elecciones de 2026 han dejado una lección: Barranquilla ya no es una sola, sino dos ciudades que conviven sin mirarse.



