Es inevitable especular sobre las razones de los candidatos presidenciales que no asisten a los debates públicos a los que han sido convocados. Por lo mismo, resulta inevitable preguntarnos: ¿cuál es el miedo?
Quien pretende gobernar a más de 50 millones de colombianos no debería temerle a un escenario de debate, ni mucho menos evitar el escrutinio público.
Parece que olvidamos que, cuando aplicamos a un cargo, debemos demostrar interés, responder preguntas y explicar cómo pensamos cumplir con las funciones que se nos van a confiar. De igual manera deberían hacerlo ellos: responder ante Colombia qué y cómo harían con el mandato que nuestra Constitución le otorga al presidente en sus artículos 188 y 189. Al respecto, es fundamental recordar que el presidente de la República simboliza la unidad nacional y está obligado a garantizar los derechos y libertades de todos los colombianos.
La gravedad de evadir el debate
Y precisamente ahí radica la gravedad del asunto: la Presidencia de la República no es un cargo menor ni simbólico. El presidente debe cumplir con 28 funciones que van desde dirigir las relaciones internacionales y conservar el orden público, hasta convenir y ratificar los tratados de paz; sancionar y promulgar las leyes; informar sobre la ejecución de los planes de desarrollo económico y social. Asimismo, le corresponde velar por la recaudación y administración de las rentas; ejercer la inspección y vigilancia de los servicios públicos, y regular el comercio exterior.
Se trata, sin duda, de un cargo que exige experiencia, disciplina y compromiso absoluto. Y quizás por eso se entiende la ausencia reiterada de Cepeda y Abelardo en los debates, ya que debatir implica estudiar, argumentar, defender posiciones y demostrar capacidad real de liderazgo, especialmente cuando se trata de explicar cómo se piensa gobernar.
Falta de unidad nacional
Por otro lado, objetivamente, resulta muy difícil imaginar a estos candidatos como un símbolo de unidad nacional cuando su estrategia ha sido evadir el diálogo; un desplante al electorado que, de paso, revela una alarmante flaqueza programática.
Como santandereana sé lo difícil que es cambiar de parecer cuando fehacientemente se ha asumido una posición prematura, pero aún estamos a tiempo de elegir una mejor opción. Nuestra región siempre ha valorado el carácter y el trabajo; por eso, el voto de opinión debería distinguir entre quienes evaden las preguntas y quienes entienden que el debate público es una parte clave de la democracia, como corresponde a quien aspira seriamente a la Presidencia de la República.
Colombia necesita líderes capaces de responderle al país de frente, incluso cuando las preguntas incomodan. Ojalá hayamos aprendido la lección para no repetir la historia de hace cuatro años, porque el país no puede darse el lujo de volver a escoger entre opciones que no den claridad ni confianza.



