Juan Belmonte: el arte de torear y la filosofía de la muerte
Mi nombre es Juan Belmonte. Maestro de lidia, hombre de principios y artista. Nací en Sevilla en 1892. Para comenzar, debo confesar que sentí el toreo antes de conocerlo y que la vida se esforzó en instruirme con cada cogida: los toros me hicieron hombre, el capote artista y los cosos leyenda.
De los toros lo aprendí todo: aprendí la rabia y la valentía serena; el trapío y la fortaleza; y aprendí la filosofía, pues fueron los toros los que me habituaron a pensar en la muerte cada día.
Los inicios en Elvas
La primera vez que me vistieron de luces fue a los 17 años, en la plaza de Elvas. Recuerdo que el sastre tuvo que repasar tres veces el talle porque mis manos no dejaban de temblar. Mi padre me había dicho que no fuera y el médico familiar decía que mi cuerpo no era el de un torero. Quizás nunca elegí ser torero; más bien la vida decidió que lo fuera, porque ahí estaba el traje, y ahí estaba yo temblando dentro del traje, y la pregunta de si debía o no debía estar ahí, ya no tenía ningún sentido. Escuchaba a la multitud, olía el polvo caliente del ruedo y supe para siempre que hay cosas que no se eligen: se encuentran. Y ahora que estoy viejo y puedo observar la vida sin ambición (es decir, sin mentira), entiendo que el destino siempre me condujo a lo que tenía que ser.
La alternativa y la búsqueda de la belleza
A los veintiún años, tomé la alternativa en Madrid con Machaquito de padrino. Desde esa época se fraguó mi leyenda. Cientos fueron las cornadas de esos años de aprendizaje. Hoy me pregunto qué extraña fuerza interior fue la que me hizo torear después de cada caída, y no tengo más disculpa que la belleza. Para mí la belleza consistía en ver llegar al toro y no moverme, mientras el capote caía despacio, como si la tela pesara más que el miedo, mientras sentía al animal pasar tan cerca que su aliento calentaba mis muslos. En ese instante no había plaza, no había público, no había subalternos, ni banderilleros. Solo existía una geometría perfecta entre el cuerno y la cadera, y esa geometría duraba menos de un segundo y no se repetía nunca igual. La gente gritaba después, mientras yo esperaba al toro para volverle a citar. Después, cuando leí a Schopenhauer, comprendí que había sido un esteta. Porque de joven —lo digo sin afeite— siempre perseguí la belleza en cada pase y nunca perdí la pasión: el artista, se ha dicho, niega toda obediencia, acaba con toda norma; en mi caso rompí la distancia entre toro y torero, me metí en el terreno del toro, le aguanté ceñido a mi cuerpo y mi talento (todos lo saben) estuvo en mi temple.
El momento más difícil
Mi momento más difícil quizás llegó el 15 de abril de 1914, en la plaza de la carretera de Aragón, cuando un toro de Benjumea me encontró en la pierna izquierda. Joselito y Gaona estaban en el cartel; era la terna más atractiva de la época y yo no podía quedarme lejos del toro. No me quedé, y terminé en la enfermería. Desde allí escuché la Feria sin poder verla: Sevilla era mi tierra y perderme esa fiesta por una cornada fraguó mi carácter fatalista. Pero el reposo me enseñó que la espera era mi forma de torear y que el temple no era solo aguantar al toro, sino saber aguantarme a mí mismo.
El año de Belmonte
El año de 1917 fue apodado el año de Belmonte. En este tiempo padecí la gloria. Recuerdo en especial la faena de La Beneficencia y la de Monte Pío. Mi arte era trágico, daba a los toros lo que me pedían. Les iba siempre de frente y, a la hora de matar, mi fuerza estaba en la espera, en el demorar de la reacción, en el dejar llegar al toro. Para mí, una buena estocada valía una vida. Quizás por esto Rafael Guerra gritaba en las reuniones “dense prisa en verlo torear, porque el que no lo vea pronto, no lo verá”. Quizás en esta época muchos pronosticaron o desearon mi muerte, pero irónicamente, siempre tuve la vida entre mis manos, como la tengo ahora, a mis 70 años. Mi buen amigo Hemingway murió hace poco. Solo me quedan sus novelas: Muerte en la tarde y Fiesta, en las que de algún modo fui uno de sus personajes.
Reflexión final
Acabo de firmar mi testamento; el sol no brilla ante la llanura silenciosa… quise dar un paseo a caballo, pero mi cuerpo se negó a subir. He regresado a mi estudio y me siento tranquilo: ¿qué imagen más espantosa se puede desear que la de un hombre a quien traiciona su cuerpo, por no haber muerto a tiempo? Razón tenía don Ramón Valle Inclán: “para ser perfecto, no me faltó más que morir en la plaza”. Lo patético, ahora, sería morir arrodillado ante el vacío, con los brazos tendidos hacia un cielo que calla. Mi revólver está tan frío como la espada; no llegué crudo a la muerte, porque esta vez también seré yo el matador de ese inexorable toro al que llamamos tiempo.
Por Andrés Cabal Godoy. Andrés Cabal Godoy es ensayista y magíster en Filosofía por la Universidad del Valle. Profesor en Cali y estudioso de Montaigne y la filosofía helenística.



