La eficacia simbólica: cómo los gobiernos usan normas para simular acción contra la corrupción
Normas como fachada: la técnica de gobernar sin actuar contra corrupción

El arte de gobernar desde el papel: cuando las normas son solo fachada

Imaginemos una nación donde la corrupción ha erosionado tanto la gobernabilidad interna como la credibilidad internacional. La convivencia social se desmorona y el acceso a créditos externos se vuelve una odisea. ¿Cuál es la respuesta habitual de un gobierno en esta situación? Los políticos astutos conocen desde hace décadas la fórmula: expedir normas.

La receta de la simulación gubernamental

Seguramente ese gobierno anunciará una cruzada contra la corrupción, emitirá un complejo sistema jurídico para erradicar este flagelo y creará agencias especializadas -que implican miles de cargos burocráticos nuevos- para liderar esta supuesta lucha. Por el mero hecho de tomar estas medidas en el papel, mejorará temporalmente su credibilidad y proyectará una imagen de gobernabilidad.

Las personas comenzarán a comentar entre sí: "Este gobierno no puede ser tan corrupto como creíamos, pues está haciendo algo contra este problema". Sin embargo, en la práctica, todo permanece igual o incluso empeora. Las normas son redactadas deliberadamente para que no puedan ser eficaces o, simplemente, no existe la voluntad política para aplicarlas.

El círculo vicioso del clientelismo normativo

Sumado a esto, se abren nuevos cargos burocráticos que terminan siendo ocupados mediante el clientelismo y la corrupción, perpetuando el mismo sistema que supuestamente se busca combatir. Tarde o temprano, el desasosiego regresa entre la ciudadanía y la comunidad internacional, momento en que el gobierno puede aplicar nuevamente la misma receta -aprovechando que la ciudadanía, atiborrada de escándalos diarios, suele olvidar los problemas del año anterior- o cambiar de estrategia.

Esta segunda opción implica desviar la opinión pública hacia otro asunto, buscando un chivo expiatorio: un niño asesinado, un trofeo deportivo, un escándalo sexual de una celebridad, entre otros distractores sociales.

Gobernar desde el papel: más barato que ejecutar

Esta dinámica evidencia que se puede gobernar desde el papel (mediante normas emitidas), lo que resulta considerablemente más económico que ponerlas en ejecución real. Exige menos esfuerzo expedir una norma que aumenta las penas para un delito, que investigar y condenar efectivamente a quienes lo cometen.

Cuando un gobierno es débil, carece de recursos o simplemente es ineficiente, siempre tendrá a mano la opción de producir normas a diestra y siniestra para dar la impresión de que las cosas funcionan correctamente. Una vez la ciudadanía se da cuenta de que "todo cambió para seguir igual", se le puede aplicar nuevamente la misma receta o adaptarla según las circunstancias del momento.

Eficacia simbólica y síndrome normativo

Este fenómeno ha sido denominado en sociología del derecho como "eficacia simbólica en sentido restringido" -concepto atribuido al profesor Mauricio García Villegas- y "síndrome normativo". Este último concepto se refiere específicamente a normas que los gobiernos suelen repetir, casi sin cambios sustanciales, cada cierto período de tiempo, para generar la sensación de que están gobernando activamente y de que todo marcha según lo planeado.

Esta técnica de gobernanza no es exclusivamente colombiana, tampoco es un fenómeno puramente contemporáneo, pero estoy seguro de que el lector, en este momento, tendrá ya más de un caso concreto en mente de su aplicación en nuestro contexto nacional.

¿Cómo desbaratar esta técnica de simulación?

La respuesta tiene dos componentes fundamentales:

  1. Conocer su funcionamiento: Para no caer tan fácilmente en la trampa de la simulación normativa, es crucial entender cómo opera este mecanismo de gobernanza superficial.
  2. Exigir eficacia real: Más que demandar cambios normativos adicionales, debemos centrarnos en exigir su aplicación concreta y resultados tangibles. Esto aplica especialmente en derecho penal: un problema social no se resuelve aumentando en el papel el castigo a una conducta, sino en la efectiva aplicación del castigo al culpable, incluso si la sanción no es tan severa como inicialmente se quisiera.

La verdadera lucha contra la corrupción no se gana con más leyes que nadie aplica, sino con la voluntad política para hacer cumplir las que ya existen y con mecanismos transparentes que impidan el clientelismo en los nuevos cargos creados supuestamente para combatir este flagelo.