Memorias de la política en Cartagena: entre la lealtad y la sorpresa
Mi trayectoria en la escena política de Cartagena estuvo marcada por experiencias profundamente humanas, algunas gratificantes y otras desconcertantes. El vínculo con figuras emblemáticas de la ciudad dejó una huella imborrable en mi memoria, revelando las complejidades del poder a nivel local.
El compadrazgo con Mochila Herrera y una inesperada traición
Uno de los lazos más significativos fue con Mochila Herrera, padre del reconocido boxeador que estuvo a punto de alcanzar el título mundial. Nuestra relación trascendió lo político para convertirse en un verdadero compadrazgo. Como anunciador oficial de boxeo, su potente voz resonaba desde el ring, capturando la atención de todos los presentes.
Recuerdo vívidamente cuando me presentó a su esposa, quien se encontraba en el octavo mes de embarazo. Al acariciar su vientre, Mochila proclamó con convicción: "Aquí está su ahijado, me lo bautiza, compadre como usted no hay". Cumplí con mi rol de benefactor, apoyando no solo a Mochila, sino también a la comadre y al ahijado en múltiples ocasiones.
Sin embargo, la política tiene giros impredecibles. Durante las elecciones, Mochila no acudió a recoger las camisetas de campaña como estaba planeado. En su lugar, apareció en la Plaza de la Aduana, abarrotada de simpatizantes, gritando a todo pulmón: "¡Que viva el concejal Carlos Facio!". Quedé completamente estupefacto al ver cómo mi compadre evitó saludarme y se dirigió directamente a las mesas de votación para apoyar a mi oponente.
Lealtades inquebrantables y transformaciones personales
En contraste, conocí a Enrique Zabaleta, un líder de Tierrabaja de 77 años que mantenía una relación con una joven de 17. Tuve el honor de bautizar a una de sus hijas y de reemplazar su viejo sombrero vueltiao por uno nuevo. Zabaleta demostró una lealtad inquebrantable y una amistad genuina que perdura en mi recuerdo. Hoy, seguramente se sorprendería al contemplar el desarrollo de Serena del Mar.
En Bayunca, desarrollé un intenso trabajo proselitista junto al joven Lucho Monsalve, cuya lealtad ejemplar y sólida amistad fueron pilares en varias campañas electorales. Lucho me trataba con la deferencia de un hijo hacia su padre, una dinámica común en la política de antaño.
Un episodio particular ilustra esta relación: siendo secretario del alcalde Toño Pretelt, Lucho llegó a mi oficina acompañado de un señor de Arjona, presentándome como su jefe y responsable legal. Resultó que había tenido un romance con la hija de este hombre, quien estaba furioso. Lucho declaró con firmeza: "Mi jefe responde por mí. Yo soy empleado y su hija conmigo será feliz". Aunque el señor se retiró algo más tranquilo, yo reclamé a Lucho por ponerme en una situación de alto riesgo.
Una semana después, al preguntarle por su pareja, me respondió con naturalidad: "Docto, hoy la devolví". Mi reacción fue de incredulidad: "Hombe, ¡no puede ser!". Afortunadamente, Lucho emigró a Aruba, donde experimentó una transformación personal. Me confesó que allí aprendió que las mujeres tienen mayor autoridad y mejores ingresos: "La mía labora tiempo completo en uno de los más grandes casinos y es cinturón negro en karate. ¡Gracias a Dios me compuse!".
El genio popular de "El Docto" en Manzanillo del Mar
En Manzanillo del Mar, conocí a un inspector de policía nativo, apodado "El Docto". Aunque no dominaba los códigos formales, imponía el orden mediante leyes creadas por él mismo, demostrando que el derecho también tiene sus genios en el pueblo. Su presencia era fundamental para la comunidad, y su ausencia se hace notar aún hoy.
Estas historias revelan la rica textura humana detrás de la política cartagenera, donde las relaciones personales, las lealtades y las sorpresas definen tanto el éxito como el fracaso en la plaza pública.
