Un panorama electoral sin precedentes en Colombia
Las próximas elecciones en Colombia no guardan similitud alguna con los procesos democráticos que los votantes tienen en su memoria colectiva. Este fenómeno se debe, en primer lugar, a la cantidad exagerada de candidatos que aspiran a cargos públicos. Inicialmente, los postulantes superaban el centenar, luego fueron disminuyendo progresivamente, pero hoy, cuando apenas falta una semana para los comicios, su número sigue siendo abultado y desproporcionado.
La lucha por el poder y las recompensas políticas
Un grupo considerable de estos aspirantes puja por conseguir algún escaño en las dos ramas del Congreso de la República, mientras que otros ambicionan brillar hacia la mismísima presidencia del país. Esta profusión desmedida de pretendientes deja perplejos a los ciudadanos, quienes se preguntan con preocupación cuántos contratos estatales y cuántos empleos públicos para repartir serán los premios finales para quienes resulten elegidos en las urnas.
La avidez manifiesta de tantos aspirantes por semejantes recompensas queda evidenciada en la cantidad creciente de denuncias periodísticas que revelan las largas filas de familiares, amigos y clientes de los políticos. Estos grupos, desde hace tiempo considerable, realizan propaganda activa y reparten volantes masivamente en apoyo a sus futuros favorecedores, anticipando los beneficios que obtendrán.
La política como mecanismo de supervivencia y enriquecimiento
Nunca antes en la historia reciente del país la actividad política se había presentado de manera tan descarada como la salvación de tantos desempleados y como el mecanismo de riqueza rápida para tantos hombres públicos y sus familias cercanas y extendidas. Así, el ciudadano común que carece de conexiones con los antes denominados padres de la patria se convierte inevitablemente en un incrédulo del sistema democrático, observando con escepticismo cómo se reparten prebendas.
Por estas razones fundamentales, las próximas elecciones no se asemejan en absoluto a las de épocas anteriores. Los politólogos y analistas políticos hablan abiertamente de que la población ya no valora la democracia y de que la juventud se abstendrá masivamente de ejercer su derecho al voto. Los jóvenes llegaron al mundo con la claridad instalada de que los políticos representan una lacra social difícil de erradicar.
La quiebra de un sistema que hace agua
Se puede afirmar con certeza que las elecciones de este semestre destaparán a la luz pública la quiebra evidente de un sistema político que lleva décadas haciendo agua por todos sus costados. Los analistas más pesimistas pontificarán que se descuidó gravemente el pensum educativo nacional y que los maestros no supieron cómo enseñar adecuadamente las antiguas virtudes de una práctica inventada originalmente por los griegos.
Lo cierto e innegable es que los muchachos de hoy no comen entero y llevan años evidenciando metódicamente la crisis profunda de un sistema que sigue hablando del día de elecciones como un ritual cundido de trampas y amañado sistemáticamente a la conveniencia de individuos avivatos. Estos personajes, cada dos y cuatro años, se dan maña para monopolizar astutamente las ventajas de aparecer como mayorías electorales.
El desengaño histórico y la pérdida de referentes
Anteriormente se pensaba que las patrañas políticas eran monopolio exclusivo de linajes tradicionalmente vinculados a los partidos políticos tradicionales que, por más de doscientos años, se habían turnado cínicamente los puestos altos del Estado. Sin embargo, sucedió hace exactamente cuatro años que el ascenso al poder de un grupo opositor, de clara tendencia izquierdista, incurrió en las mismas anomalías, contrataciones cuestionables, corrupciones y malas prácticas de sus antecesores históricos.
Este desengaño histórico terminó de desmontar definitivamente la fe residual en la democracia representativa. Los supuestamente buenos resultaron ser sorprendentemente parecidos a los malos de toda la vida. Además, mostraron un manejo torpe e ineficiente de los asuntos complejos del Estado. Y pretendieron defender desesperadamente sus ejecutorias contratando costosos propagandistas y expertos en imagen pública.
Las elecciones próximas, de esta manera, se presentan como una incógnita absoluta. El país se ha quedado sin modelos creíbles, sin referentes confiables. Amanecerá y veremos, decían sabiamente los antiguos para esquivar responsabilidades inmediatas. En la actualidad convulsa, ni arúspices ni profetas modernos tienen la palabra definitiva sobre el futuro político nacional.
