El peligroso juego de influir en el voto desde las columnas de opinión
En el agitado contexto electoral colombiano, hemos observado cómo las columnas de opinión se orientan cada vez más hacia los candidatos, intentando indicar a los ciudadanos por quién deberían votar. Cada columnista, desde sus propias convicciones, conocimientos e ideologías, pretende adaptar lo que el poeta Mutis llamaría "una complicada fe de categorías y símbolos" a su percepción particular de la realidad política.
El espejismo de la verdad revelada
Resulta particularmente interesante analizar cómo cada analista extrae de su sombrero mágico argumentativo las razones para afirmar que determinado candidato es el elegido, que otro carece de ideas claras o que un tercero desconoce completamente lo que hace. Nos divertimos observando estos ejercicios retóricos, pero también nos preocupamos cuando intentamos, desde nuestra posición privilegiada, decirles a los lectores qué deben hacer con su voto.
Actuamos como si nuestras columnas, protegidas por la magia de la libertad de expresión en una nación que siempre la necesita, constituyeran la verdad revelada e incuestionable. Nos permitimos pontificar con la intención de sacar a los ciudadanos de una supuesta "caverna" política, pretendiendo evitar que cometan los errores del pasado.
El diálogo silencioso que polariza
Si las columnas resultan reveladoras, los comentarios de los lectores lo son aún más, mostrando cómo estos aceptan o rechazan los postulados según sus creencias preestablecidas. Así se teje un diálogo silencioso pero intenso entre quien escribe y quien lee, cayendo frecuentemente en la trampa de la polarización: esa patología social muchas veces impuesta no solo por quienes gobiernan o aspiran a gobernar, sino también por nuestras propias aseveraciones como analistas.
No se trata de evitar el análisis de posturas, discursos o procederes de los candidatos. ¡Mucho menos de guardar silencio! La cuestión fundamental radica en realizar estos análisis de la manera más objetiva posible, utilizando herramientas suficientemente sólidas para no influenciar indiscriminadamente a los lectores, corriendo el riesgo de polarizar aún más a la sociedad colombiana.
La responsabilidad de opinar en tiempos electorales
Quienes tenemos la fortuna de opinar en espacios públicos tenemos también la responsabilidad ineludible de hacerlo con suficiente claridad para no indicarle a nadie cómo debe votar o cómo debe ejercer su responsabilidad ciudadana. Todos poseemos una postura ideológica y una opinión política; todos tenemos derecho a expresarla; todos gozamos de libertad para manifestarnos.
Sin embargo, no sobra mantener la mesura necesaria para no causar más daño a Colombia polarizando al extremo nuestros postulados. Como señaló recientemente la columnista Catalina Ruiz-Navarro, "en nuestro país ni la izquierda ni la derecha son tan extremas como para justificar la diabolización y banalización constante de sus seguidores y candidatos". Una perspectiva similar presenta Piedad Bonnett al demostrar cómo la homofobia se ha manifestado tanto en sectores de derecha como de izquierda.
Hacia un periodismo electoral más responsable
Nuevamente, el punto no radica en evitar tomar posición o en abstenerse de compartirla. Se trata fundamentalmente de no hacerlo desde el ego y el supuesto poder que creemos detentar al escribir estas líneas. Se trata de ser más responsables al analizar y de otorgarle al lector la libertad genuina de reflexionar, escoger libremente y comprender que una nación como la nuestra requiere no solo candidatos prudentes y equilibrados, sino también una sociedad consciente en su proceso de selección.
La lucha contra la polarización política debería constituir parte fundamental de las campañas electorales, incluso cuando esto implique redireccionar y cuestionar al propio partido y, en numerosos casos, a los anquilosados dinosaurios políticos que los controlan. La verdadera campaña debería centrarse en reducir la palabrería política a propuestas reales y constructivas.
La responsabilidad es conjunta si aspiramos a un país diferente: nunca es demasiado tarde para dejar de lado la mezquindad individual, intentar acercarse a quien piensa distinto y permitir que cada ciudadano decida de manera consciente, pacífica y sin presiones indebidas. Puede sonar un tanto idealista, pero soñar con una democracia más madura no cuesta absolutamente nada.



