La incomodidad estética de la élite tradicional con Abelardo de la Espriella
Existe una profunda incomodidad que el establecimiento tradicional colombiano no logra digerir completamente. Esta no es de naturaleza política, sino más bien estética y relacionada con las formas. Durante décadas, la élite bogotana –junto con buena parte de las élites regionales– ha mantenido un código tácito y no escrito: la riqueza no se exhibe abiertamente, sino que se hereda discretamente o se disimula con elegancia. El poder no se ostenta de manera llamativa, sino que se ejerce con discreción. El exceso es considerado vulgaridad. El dinero nuevo genera sospechas. Y el arribismo resulta prácticamente imperdonable.
El estilo que rompe los códigos tradicionales
Precisamente por estos códigos no escritos, Abelardo de la Espriella genera rechazo en esos mismos círculos que hoy lo contemplan como una opción electoral viable. Su estilo personal y político desborda completamente los parámetros de sobriedad que tradicionalmente marcaban el ingreso a ciertos círculos de poder. Avión privado, despliegues ostentosos, bravuconadas públicas, excesos verbales, exhibición de armas, actitudes de maltrato, derroche económico, terciopelo en abundancia –mucho terciopelo–. No es, ni por asomo, el tipo de candidato que invitarían al té tradicional de la alta sociedad.
Sin embargo, y aquí reside la paradoja fundamental, buena parte del establecimiento tradicional sufre de una ceguera selectiva notable. Aunque desprecian profundamente su estilo y maneras, están dispuestos a votar por él en las urnas.
El peso del odio político sobre la incomodidad estética
La razón detrás de esta contradicción es sencilla y poderosa: el rechazo a Gustavo Petro pesa más que cualquier incomodidad estética o moral. Desde la perspectiva de estos sectores, la democracia no se acabó con la llegada de la izquierda al poder, pero si esta continúa gobernando, sí podría terminar por destruirla. Argumentan esto desconociendo realidades evidentes: Cuba no tiene influencia determinante en Colombia, Nicolás Maduro enfrenta procesos judiciales, Petro no buscó la reelección inmediata y las FARC –la guerrilla desmovilizada– no se tomaron el poder.
La paradoja se hace evidente cuando muchos electores apoyarán a De la Espriella con la expectativa de que el país "vuelva a ser como antes": más predecible, más jerárquico, menos contestatario. El statu quo, en definitiva. No obstante, el retorno a esa tranquilidad –la de los tiempos en que "se podía trabajar en paz, a pesar del conflicto armado"– no está garantizado de ninguna manera. Tampoco resulta particularmente probable.
Un país social transformado
La Colombia social de hoy es radicalmente diferente. No necesariamente porque la vida material de millones haya mejorado en aspectos fundamentales, sino porque existen sectores poblacionales que, por primera vez en la historia reciente, se han sentido genuinamente incluidos o nombrados en el discurso político. Gustavo Petro –en ocasiones desde el cálculo político estratégico, en otras desde la convicción ideológica– les ha otorgado visibilidad y lenguaje político.
Les ha hablado directamente a sindicatos, ambientalistas, pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes, estudiantes y sectores populares que durante décadas sintieron que la política institucional los ignoraba por completo. Les ha concedido espacios de poder y puestos en la administración pública. Han tenido cabida, incluso, muchos de quienes lideraron el estallido social que comenzó en el año 2019.
Este reconocimiento simbólico y político no desaparecerá automáticamente con un simple cambio de gobierno. Existen hoy sectores sociales más movilizados, más conscientes de sus derechos constitucionales y más dispuestos a reaccionar organizadamente si perciben que vuelven a ser ignorados o marginados.
Las consecuencias de una elección reactiva
Si llega al poder una opción política que solo prometa mano dura y represión, la reacción social no será el silencio sumiso. Será la movilización organizada. No como amenaza vacía, sino como consecuencia natural de una ciudadanía que ya se sabe capaz de ocupar el espacio público y disputar el relato nacional.
Y si esto efectivamente sucede, el establecimiento que hoy se inclina por el "Bukele criollo" podría encontrarse con que la estabilidad que imagina no llegará con facilidad. Gobernar sobre un país profundamente politizado, con expectativas legítimas de reconocimiento y con una ciudadanía que aprendió a protestar eficazmente, exige mucho más que simples llamados a la autoridad y al orden.
Si mantiene como única propuesta programática el bloqueo sistemático a la izquierda, la élite que hoy se tapa la nariz frente a las formas de Abelardo de la Espriella, pero lo respalda en las urnas, puede terminar descubriendo –con su eventual elección– que el verdadero desafío de gobernar Colombia no es solamente reaccionario o estético. Es, fundamentalmente, político y social.



