El analfabeto político: la advertencia de Brecht sobre la indiferencia ciudadana
Mi abuela, quien siempre fue una crítica severa de la apatía ciudadana en los asuntos políticos, solía afirmar con convicción que no se puede construir una sociedad diferente con gente indiferente. Ella sostenía que ignorar la política constituye, en última instancia, una forma de complicidad con los problemas sociales que tanto se desprecian. Recuerdo vívidamente un día en que, hablando sobre este tema, me recitó con tono pausado pero visceral un poema del escritor alemán Berlot Brecht titulado “El analfabeto político”.
La definición original de 'idiota' en la Grecia antigua
Ese “analfabeto político” del que habla Brecht es, en otras palabras, lo que los griegos antiguos denominaban un idiota. La palabra “idiota” proviene del griego idiotés, que originalmente no era un adjetivo insultante ni tenía relación alguna con la capacidad intelectual de las personas. Los griegos utilizaban este término para referirse específicamente a quien no participaba en los asuntos públicos de la polis, ya que para ellos el aporte ciudadano en estas discusiones era de importancia fundamental.
Por lo tanto, aquel individuo que se centraba exclusivamente en su vida privada y mostraba desinterés por la vida comunitaria era considerado, en el sentido clásico, un verdadero idiota. Esta perspectiva histórica nos invita a reflexionar sobre nuestra propia participación en el espacio público contemporáneo.
La responsabilidad ciudadana en una democracia
En una democracia funcional, la culpa de lo que sucede recae directamente sobre los ciudadanos. La política se convierte así en un elemento imprescindible dentro del sistema democrático, pues representa el esfuerzo colectivo de ocuparnos de aquellos asuntos que nos preocupan y afectan directamente. No interesarse por la política o abstenerse de votar también constituye una forma de decisión, aunque sea por omisión.
Ya lo advertía el filósofo Platón en su obra “La República”: “El que simplemente se encierra en su vida privada y en su vida social nos pone en riesgo de ser gobernados por quienes menos deseamos”. Esta advertencia milenaria mantiene una vigencia alarmante en nuestras sociedades contemporáneas.
Las expresiones cotidianas de rechazo a la política
En nuestra cotidianidad, escuchamos con frecuencia expresiones como: “Detesto la política”, “No voy a votar por nadie porque todos son iguales” o “La política es una porquería”. Esta visión tan derogatoria y generalizada no aporta absolutamente nada al mejoramiento de nuestra realidad social, pues, queramos reconocerlo o no, la política determinará inevitablemente las condiciones de nuestra existencia colectiva.
Recientemente, observé en redes sociales una fotografía donde aparecían todos los miembros del Congreso de la República con una frase que decía: “Ustedes no nos representan”. Esta afirmación resulta profundamente absurda desde una perspectiva democrática. ¡Ellos sí nos representan! Los que no nos representan son, por ejemplo, los políticos de Nueva Zelanda, cuyas decisiones no nos generan ni frío ni calor en nuestro contexto nacional.
El verdadero propósito de la democracia
Quienes sí pueden causarnos perjuicios con sus determinaciones son precisamente aquellos que nos representan formalmente. Por esta razón fundamental, la democracia no existe para quejarnos eternamente de los políticos, sino para cambiarlos por otros cuando nos sentimos mal representados. El sistema democrático nos otorga precisamente ese poder de renovación y corrección a través de mecanismos institucionales.
Finalmente, aunque ya no escribimos en juncos, ni leemos papiros en voz alta, ni discutimos en el Ágora como en la antigua Grecia, la realidad histórica demuestra que antes y después de Cristo, la tinta de la historia siempre ha tenido el color indeleble de las decisiones políticas. Nuestra participación o ausencia en estos procesos determinará el tono de ese color en nuestro propio tiempo histórico.
