El voto caribe: entre la fe y el fracaso del Gobierno
El voto caribe: fe y fracaso del Gobierno

A estas alturas de la deriva democrática del siglo XXI, es evidente que la gente no vota con las neuronas, sino con las vísceras. Pretender que todo el electorado actúe movido por cifras o argumentos es un esfuerzo vano y estéril. Sin embargo, a veces la distancia entre lo que recomendaría la razón y el comportamiento del votante es tan amplia que uno no puede sino asombrarse.

Lo digo porque vivo en el Caribe, sufro los problemas de la región y me produce perplejidad ver al candidato oficialista liderar ciertas encuestas —no todas— en esta zona del país, ignorada y maltratada por el gobierno al que representa.

El último estudio de Guarumo y Ecoanalítica, en alianza con este diario, por ejemplo, halla que el 49,2 % de los encuestados caribeños votarían por Iván Cepeda, el 28,8 % por Abelardo de la Espriella y solo el 9,8 % por Paloma Valencia.

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¿Qué explica la fortaleza del petrismo en el norte del país?

Ciertamente no sus resultados. Recordemos cómo, recién iniciado su mandato, el Presidente le arrebató a Barranquilla la posibilidad de albergar los Juegos Panamericanos de 2027, el certamen deportivo más importante del hemisferio. O cómo, ante la crisis del sector eléctrico, que asfixia a los habitantes del Caribe con tarifas inhumanas, el Gobierno no ha hecho sino patear el balón hacia adelante, con la esperanza de que la bomba le detone a la próxima administración.

Recordemos también el retraso indefinido de las obras del canal del Dique. Y la desconexión de las turbinas eólicas de La Guajira. Y la liquidación de la concesión Autopistas del Caribe, una importante obra vial entre Bolívar y Atlántico, paralizada por protestas ciudadanas, que el Gobierno no fue capaz de resolver.

Y recordemos cuando el petrismo anunció, con pitos y panderetas, que llevaría agua a las comunidades sedientas de La Guajira. Lo que se produjo, en cambio, fue el saqueo de la UNGRD, el más grande que ha visto el país en lustros. O cuando se inundó el departamento de Córdoba, y el Gobierno quiso instrumentalizar la tragedia para hacerse aprobar proyectos que el Congreso le había negado; como si las medidas necesarias para atender una inundación fueran, casualmente, las mismas que la Casa de Nariño buscaba desde el comienzo de la administración.

Paz total y promesas incumplidas

Y no olvidemos —por favor, no olvidemos— que bajo la funesta ‘paz total’, respaldada impenitentemente por Cepeda, se dispararon los asesinatos y las extorsiones en la región. Desde los tiempos del paramilitarismo no se sentía tanto desasosiego y desamparo.

Agreguemos, finalmente, a modo de alivio cómico, otras dos promesas pendientes: el tren elevado que iba a conectar Buenaventura con Barranquilla y el ‘datacenter’ de “megacomputadores cuánticos”, cuya sede estaría en la calurosa Santa Marta. Me pregunto con qué capacidad eléctrica lo pensaban refrigerar.

Racionalmente, pues, no se entiende que aún haya quienes quieran votar por Cepeda. Es cierto: en la política actual, las afinidades identitarias y el sentirse representado en un candidato inciden más que las propuestas y los programas. Pero resultados tan pobres deberían, al menos, inducir una reflexión.

El Caribe importa: tiene más del 20 % de la población del país. Será decisivo en esta elección. ¿Será capaz de recapacitar? Otra encuesta reciente, la de AtlasIntel, sitúa a Cepeda en segundo lugar en la región en la primera vuelta. Y contiene un dato más llamativo aún: la desaprobación regional del Presidente alcanza el 61,5 %.

Eso, al menos, tiene sentido. Los resultados del Gobierno en el Caribe van de lo risible a lo trágico, indignan tanto al cerebro como al hígado, y merecen ser respondidos con una paliza en las presidenciales. Ojalá la región reflexione, y sorprenda.

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