Las elecciones de este mes nos encuentran en un momento de desafíos agudos y acumulados. Medios de comunicación y análisis académicos documentan redes invencibles de políticos, magnates de la tecnología, adalides de la pedofilia, banqueros. Vemos la acelerada concentración de riqueza y poder en cada vez menos manos, la consolidación de una clase oligárquica que está reescribiendo las reglas de la vida democrática, y el desencadenamiento de fuerzas políticas de extrema derecha que se alimentan de la precariedad que esta concentración genera.
Al mismo tiempo, asistimos a la normalización de la muerte masiva. En Colombia este fenómeno tiene raíces en los años de las masacres paramilitares, a las que por algún tiempo les dio la espalda Bogotá. Pero hoy esta normalización ocurre de manera más visceral en Gaza, donde todo mundo observa en tiempo real y los mecanismos de rendición de cuentas internacionales hacen agua. El ascenso de la inteligencia artificial hace parte también de este paisaje de despojo: poquitas corporaciones tecnológicas se pelean por construir centros de datos que consumen electricidad y agua a escala planetaria, mientras resisten que las regulen los estados. Es un momento crucial porque, a diferencia de otras veces, nos vemos inmersos y entrelazados con un mundo en que unos pocos concentran las posibilidades de vida en la cima y externalizan sus costos sobre los demás.
El fascismo como patología del poder herido
La profesora Naomi Klein explica cómo el fascismo es una patología del poder herido. Es decir que emerge de grupos poderosos que sienten que se les están metiendo al rancho. Por esto, dice, muchos de los correos electrónicos entre Epstein y jefes de empresa o estado, discutían cómo el “me too” habría ido demasiado lejos. Y poderosos de la tecnología se habrían entregado al proyecto de Trump tras sentirse amenazados (heridos en su omnipotencia) por impuestos, sindicatos o regulaciones.
Florece en tantas partes el fascismo y Colombia no es la excepción. Tras sólo cuatro años de una presidencia progresista, hay muchas heridas en el poder. Atrás los días en que los ministerios estaban cundidos de mujeres y hombres con los mismos peinados y ropas y colores de piel: habrá quienes piensen que la democracia habría ido demasiado lejos.
Es claro que el electorado de De la Espriella extraña una familia heterosexual con jefe de familia, patriarca de autoridad. Pero, no creo que sea este el grupo que albergue a los poderosos heridos.
El establecimiento herido respalda a Valencia
Aunque de manera tímida, el poder del establecimiento herido está del lado de Valencia.
En primer lugar, una presidencia de Valencia sanaría las heridas del poder regional tradicional. Y no sólo porque ella es la encarnación genealógica del poder tradicional. Sino porque tiene relaciones de siempre con estas familias. En 2006 intentó llegar a la Cámara de Representantes por Alas Equipo Colombia, el partido fundado por Luis Alfredo Ramos, a quien defendió públicamente cuando fue investigado por parapolítica, a pesar de que la Corte Suprema de Justicia terminaría condenándolo a 95 meses de prisión por concierto para delinquir agravado, al probar sus vínculos con los Castaño, el Bloque Centauros y la financiación paramilitar de sus campañas (según la Corte: “Está plenamente acreditado que Ramos se concertó con miembros de las AUC, no sólo para promover su existencia, sino para aprovecharse de los apoyos”). Llegó al Senado en 2014 en la lista cerrada del Centro Democrático de Uribe, y en 2018 aspiró a la presidencia antes de cerrar filas detrás de Iván Duque.
En segundo lugar, una presidencia de Valencia consolaría los poderes económicos que, aunque rodearon de dientes para afuera el proceso de paz, se resistieron a los cambios que se pactaron en La Habana. La paz sonaba bonita para los negocios, pero entre empresarios y citadinos de bien, hubo quienes pensaron que (con ella) la democracia habría ido demasiado lejos. Para sabotearla se echó mano de discursos incendiarios solapados. Aunque dudo que Valencia y muchos de quienes pagaron la “pedagogía del NO” (Organización Ardila Lülle y el Grupo Bolívar entre otros) creyeran en la homosexualización de la patria, le jugaron a esta histeria para regresar a la normalidad de bombardeos sin sobresaltos económicos. “Que los criminales paguen cárcel; que no ocupen un lugar en la democracia”, exclamó entonces la candidata a la Presidencia.
Es entonces Valencia la que tiene más opción de reivindicar esas heridas. Fiel a nuestro establecimiento tan cachaco, es ella quien se puede mover hacia un centro cosmopolita bien pensante desde el que genera calma y estabilidad. “Está casada con Tomás Rodríguez, su novio de la juventud, un doctor en economía de la Universidad de Stanford, profesor de la Universidad de los Andes”, dice un perfil. “Es hijo del exministro del Medio Ambiente Manuel Rodríguez”.
Por Tatiana Acevedo Guerrero



