El "Habemus Papam" del 8 de mayo de 2025 quedó grabado en la memoria de millones de católicos como uno de esos instantes en los que la historia parece detenerse por unos segundos. El humo blanco elevándose sobre la Capilla Sixtina, el clamor de la Plaza de San Pedro y la voz solemne del cardenal protodiácono anunciando “Robertum Franciscum…” marcaron no solo la elección de un nuevo pontífice, sino también el inicio de una nueva etapa para la Iglesia Católica.
A las 7:23 p.m. (hora de Italia), cuando se abrieron las cortinas de la Logia de las Bendiciones y apareció León XIV, el mundo asimiló que el pontificado de Francisco I había llegado a su fin, pero también que su herencia seguía viva.
Hoy, un año después de aquellos acontecimientos, el tiempo permite mirar con más serenidad y profundidad dos momentos inseparables: la muerte de Francisco I y el primer año del pontificado de León XIV. Dos hechos distintos, pero íntimamente conectados.
La partida del Papa argentino
Jorge Mario Bergoglio, conocido como el papa Francisco I, nació en Buenos Aires el 17 de diciembre de 1936, en el seno de una familia de emigrantes piamonteses. Tras formarse como técnico químico, decidió ingresar al seminario diocesano y en 1958 inició su vida religiosa en la Compañía de Jesús. Fue ordenado sacerdote en 1969. En 1973 asumió la dirección de los jesuitas en Argentina, iniciando así una trayectoria de creciente responsabilidad dentro de la Iglesia. Su camino episcopal comenzó en 1992, cuando fue nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires por San Juan Pablo II. En 1998 se convirtió en arzobispo de la capital argentina y primado del país, cargo desde el cual también presidió la Conferencia Episcopal Argentina entre 2005 y 2011. En 2001 fue creado cardenal, lo que le permitió participar en el cónclave de 2005. Finalmente, tras la renuncia de Benedicto XVI, fue elegido el 13 de marzo de 2013 como el 266º papa de la Iglesia Católica. Su pontificado se caracterizó por un fuerte énfasis en la cercanía con los más humildes, la misericordia y el diálogo. Falleció el 21 de abril de 2025 en el Vaticano.
Una gran huella
Francisco I dejó una huella difícil de igualar. Su pontificado estuvo atravesado por gestos de enorme fuerza simbólica: abrazar a los migrantes, denunciar la cultura del descarte, insistir en el cuidado de la creación y poner a los pobres en el centro del mensaje cristiano. Él se preocupó más por acercar la Iglesia a la gente que por preservar solemnidades tradicionales. Aún recordamos cuando le pidió al pueblo que rezara por él antes de impartir la bendición e incluso, hasta sus últimos días, Francisco I construyó una imagen de sencillez y humanidad que trascendió incluso las fronteras del catolicismo.
Su legado también fue institucional. Reformó la Curia Romana, internacionalizó el Colegio Cardenalicio y promovió el concepto de sinodalidad como una manera más participativa de entender la Iglesia. Enfrentó, además, momentos extremadamente complejos: la pandemia del COVID-19, las guerras en Ucrania y Tierra Santa, y la crisis de abusos sexuales de sacerdotes.
La histórica imagen de la Plaza de San Pedro vacía durante la bendición extraordinaria Urbi et Orbi en marzo de 2020 resumió quizá mejor que cualquier discurso la dimensión espiritual de su liderazgo en tiempos de incertidumbre global.
Llega León XIV
El norteamericano Robert Francis Prevost, nacido en Chicago en 1955, fue elegido el 8 de mayo de 2025 como el 267º sucesor de Pedro. Misionero en Perú durante más de cuatro décadas y prefecto del Dicasterio para los Obispos desde 2023, su elección marcó varios hitos históricos: es el primer papa agustino y el primero con doble nacionalidad estadounidense y peruana. Su nombramiento despertó un notable interés, no solo por su trayectoria y origen, sino también por el tono profundamente espiritual y fraterno de su primera aparición como Obispo de Roma. Durante su primera bendición Urbi et Orbi, desde el balcón central de la Basílica de San Pedro, León XIV evitó los discursos formales o políticos y ofreció un mensaje centrado en la esperanza: “¡Dios nos quiere, Dios os ama a todos, el mal no prevalecerá!”. En esa misma ocasión, el nuevo pontífice expresó su gratitud hacia el papa Francisco I, destacando su papel decisivo en la vida reciente de la Iglesia y reconociendo su entrega y legado. Al mismo tiempo, prometió una Iglesia sinodal, cercana, misionera y abierta al diálogo.
Sin embargo, León XIV llegó en circunstancias diferentes. No heredó una Iglesia paralizada por las dudas, sino una institución profundamente transformada por Francisco I. Desde el inicio, su elección fue interpretada como un mensaje de continuidad moderada. Su perfil -marcado por la experiencia pastoral en América Latina, su conocimiento académico y su paso por el Dicasterio para los Obispos- reveló la intención de mantener una Iglesia abierta al mundo, pero con un estilo más reservado y estructurado.
Un pontificado de tono distinto
En estos primeros doce meses, León XIV ha mostrado un pontificado de tono distinto. Menos espontáneo que Francisco I, más reflexivo en las formas y más medido en sus intervenciones públicas. No obstante, las coincidencias son evidentes: la paz ha sido el eje central de su discurso. La palabra apareció repetidamente en su primera intervención pública y se convirtió en una constante durante este primer año. Su llamado a una “paz desarmada y desarmante” ha definido gran parte de su mensaje internacional y también lo ha colocado en el centro de tensiones políticas, especialmente frente a sectores conservadores estadounidenses y al propio presidente Donald Trump.
A diferencia de Francisco I, cuya figura despertaba adhesiones y críticas por su cercanía emocional con los sectores vulnerables, León XIV proyecta una autoridad más diplomática e intelectual. Francisco I conmovía desde el gesto; León XIV intenta persuadir desde la reflexión. Uno rompía protocolos; el otro busca equilibrio. Pero ambos coinciden en una convicción esencial: la Iglesia no puede permanecer indiferente frente al sufrimiento humano.
Contexto internacional
También resulta inevitable comparar el contexto internacional de ambos pontificados. Francisco I gobernó en medio de una crisis sanitaria global. León XIV, por su parte, enfrenta un escenario de tensiones geopolíticas más agresivas, con guerras abiertas, amenazas nucleares y una polarización política que golpea incluso a las comunidades religiosas. Su insistencia en rechazar las armas nucleares y defender la paz le ha significado críticas durísimas, pero al mismo tiempo ha reafirmado una línea histórica de la doctrina social de la Iglesia.
Su cercanía con América Latina y su experiencia pastoral en Perú generan esperanza entre quienes desean que la región siga ocupando un lugar central dentro de la Iglesia universal. El viaje anunciado a América Latina podría convertirse en uno de los momentos más importantes de esta nueva etapa, del mismo modo en que los viajes de Francisco I consolidaron su relación con los pueblos del mundo.
Francisco I permanece como el hombre que humanizó el papado con gestos sencillos y una profunda sensibilidad social; León XIV lleva un papado más sereno. Son estilos distintos, personalidades diferentes y tiempos históricos complejos, pero unidos por un mismo reto: mantener viva una Iglesia capaz de hablarle al mundo sin renunciar al Evangelio.
La historia dirá hasta dónde llegará León XIV y cuál será la verdadera dimensión de su pontificado. Pero si algo deja claro este primer aniversario es que la transición entre ambos papas no significó una ruptura, sino una evolución. Ambos pontífices han coincidido en una idea fundamental: la paz, la dignidad humana y la esperanza siguen siendo el centro del mensaje de la Iglesia Católica.



