Cuando mi mamá conoció a Daniel, ocurrió algo extraordinario: no solo se amaron profundamente, sino que lo que durante años había sido una parte privada de mi vida se convirtió en tema de conversación en el desayuno. Incluso terminaron trabajando juntos. Me llenó de alegría, aunque también fue una gran sorpresa.
Nunca supe si logré explicarle bien a mi mamá todo lo que en su momento quise transmitirle. Ella entendió que Daniel era un gran amigo que necesitaba ayuda, y eso le bastó para aceptarlo. Supongo que las explicaciones eran más para mí, tratando de justificar lo profundo y real de nuestro vínculo, angustiado por haber roto la regla cardinal de estar en línea: “No hables con extraños en internet. No hagas amigos en internet”.
Hay un rinconcito inescapable donde uno guarda la duda constante, por pequeña que sea, de que tu amigo virtual no sea quien dice ser. Tal vez tiene tecnología avanzada para cambiar su rostro en video. Quizás quiere chantajear a tu mamá con trapos sucios de su divorcio (que no tiene, espero). ¿Y si es uno de esos asesinos que aparecen en los documentales? Podría vivir a unas cuadras, esperando el momento adecuado. ¿Ya pusimos seguro a la puerta? Una duda minúscula, suprimida con los años, pero que solo alguien como mi mamá podía convertir en un ciclón de dudas, culpa y angustia. Tal vez iban a matar a mi familia por querer hacerme el chistosito en internet. Pero no pasó. Evidentemente no pasó.
Quizás no era tan incomprensible como había supuesto. Tal vez a mi cerebro le faltaban años de desarrollo, o era el miedo a que si la gente que amaba me decía que esos otros amigos no valían, mis sentimientos pudieran cambiar. A lo mejor solo me daba pena presentarlos por su nombre de usuario. Probablemente solo era joven. (Era eso).
Poco a poco me di cuenta de que a mis amigos de internet les sobraba la explicación de que eran de internet. Los he ido conociendo en persona uno a uno (aún no a todos). Comprendí que los silencios se sienten diferente en persona. No mejor ni peor; son silencios diferentes.
Cada vez se hizo más evidente que nunca fueron mundos paralelos, solo que era difícil tener perspectiva a los 17. Luego me enteré de que alguien más en mi vida —de carne y hueso— conocía a Daniel.



