Indígenas en Risaralda: mutilación y violencia reflejan abandono estatal
Indígenas en Risaralda: mutilación y violencia por abandono

La semana pasada, medios de comunicación informaron que en zonas rurales del departamento de Risaralda persisten comunidades indígenas que continúan con la práctica de la mutilación genital en niñas recién nacidas. Muchas de ellas habrían fallecido a causa de hemorragias o infecciones, y las que sobreviven quedan laceradas y disminuidas en su ser vital. Se trata de prácticas tan arraigadas que algunas mujeres, ya en la edad adulta, ni siquiera sabían que habían sido mutiladas al nacer.

Enfrentamientos con la Fuerza Pública

En paralelo, durante enfrentamientos entre indígenas y la Fuerza Pública en la sede del Ministerio del Interior en Bogotá, se observaron imágenes de hombres de diversas etnias, provenientes de sus territorios ancestrales y que hoy residen con sus familias en albergues miserables proporcionados por el Gobierno Distrital, poniendo a sus niños al frente de la violenta confrontación para detener el embate de los agentes del orden.

Contexto histórico de marginación

Es bien sabido que el encuentro histórico de nuestros antepasados aborígenes con la civilización occidental, en nuestro caso con el imperio español, fue una masacre, casi un genocidio, y una expoliación extendida y brutal. Desde el primer instante de la llamada Conquista, no existe comunidad, etnia o grupo racial que haya quedado más quebrantado, marginado y desposeído que los indígenas. Esta situación se mantiene hasta el día de hoy.

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Los españoles nos trajeron la lengua, sus usos y costumbres, la religión católica, la noción de lo urbano y los principios de las instituciones de la sociedad moderna, que ha prevalecido durante los últimos siglos. Sin embargo, hasta bien entrado el siglo XX, y décadas después de proclamada la independencia, las clases dirigentes criollas continuaron reciclando el maltrato y el sometimiento de los indígenas, quienes jamás han podido sobresalir.

Injusticias perpetuadas

Aún hoy, se perpetúan injusticias profundas heredadas de la Colonia, que afectan no solo a los indígenas, sino también a los negros, campesinos y vastos sectores de la nación. Los colombianos no hemos encontrado un contrato social que nos permita vivir en paz, guiados por la civilidad y la búsqueda de un destino histórico común. No lo hemos logrado.

El Estado y las élites

En medio de estas desgracias nacionales, los más desfavorecidos son los indígenas. El Estado colombiano y las élites políticas, empresariales y sociales, el denominado establecimiento, los han ido hundiendo con el paso de los años y los siglos en la marginalidad, el olvido, la pobreza y la desesperanza. Como si el elemento indígena hubiera perdido históricamente su oportunidad sobre la Tierra.

Por lo tanto, está clarísimo que hechos como los presentados la semana pasada son el resultado de todo lo descrito. No es que los indígenas sean malos, bárbaros, salvajes, incultos o desalmados; es que el Estado colombiano y la sociedad colombiana los han ido arrinconando, doblegando, despreciando y timando durante siglos.

Por Gonzalo Mallarino Flórez. Escritor, autor de varios libros de poesía y ocho novelas, entre ellas la célebre Trilogía Bogotá y la Trilogía de las Mujeres. Colaborador frecuente de importantes periódicos y revistas.

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