Pueda ser que una golondrina no haga verano, como reza el proverbio, pero sí puede ser la señal de que algo bueno está por suceder y que una buena acción es el inicio de algo más grande y conmovedor. Me refiero a lo que viene sucediendo en las últimas semanas y que ha sido registrado en las redes: los operativos contra los cochinos de la ciudad. Ciudadanos –si es que se les puede llamar así– que botan basuras y escombros en distintos puntos de la ciudad sin asomo de vergüenza, sin ruborizarse siquiera. Llegan cargados con bolsas y las arrojan al espacio público para luego regresar a sus hogares o a sus lugares de trabajo sin arrepentirse de su acción abiertamente condenable.
Duele ver tantas imágenes así. Personas para quienes el daño que provocan simplemente les resbala. Burlan las normas, contaminan, afean la ciudad, contribuyen a su desmejoramiento, pero son los primeros en quejarse por cualquier otro asunto. Son descarados, atarvanes, ‘meimportaculistas’, cochinos con Bogotá. No hay derecho a que a estas alturas existan personas que crean que arrojar basuras a cielo abierto, a plena luz del día, ante los ojos de todo el mundo, importe un rábano. Pues no.
Operativos en marcha contra los infractores
La buena noticia es que se están llevando a cabo operativos por parte de la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (Uaesp) para meter en cintura a estos desadaptados. Que, entre otras cosas, suelen trabajar en pequeños negocios como restaurantes, los que más contaminan de esta manera. En esos operativos se toma la evidencia y se requiere al infractor para que sea sancionado y reciba una multa que supera los 900.000 pesos. Pero como dije, muchos simplemente son empleados o empleadas de algún establecimiento comercial sobre quienes debería caer todo el peso de la ley con multas mucho más severas.
Propuesta para un control colectivo
Acá lo he repetido varias veces y lo he propuesto a los secretarios de Hacienda: hay que tomarse manzanas enteras con locales comerciales y hacer un compromiso colectivo de no ensuciar el sector, so pena de que se aplique una multa o un impuesto que tengan que pagar también de forma colectiva. Con eso se evita la complicidad y se ejerce un control social más efectivo; entre todos se ayudan para mantener la zona limpia y se evita que otros se salgan del libreto.
Sorprende la frescura de la gente en algunos de estos operativos. Simplemente no aceptan la culpa, discuten y normalizan todo. Otros, propietarios del local, se ven sorprendidos porque aseguran que no tenían conocimiento de que sus empleados tenían como práctica ‘encochinar’ la ciudad.
Actores que se suman a la lucha
Lo interesante es que poco a poco se van sumando otros actores para prevenir que este tipo de situaciones sigan alimentando esos 700 puntos de desaseo que existen en Bogotá. Verdaderos muladares urbanos. Entre esos actores hay que destacar, además de la Uaesp, a algunas alcaldías locales, como las de Candelaria y San Cristóbal; la Defensoría del Espacio Público y algunos ciudadanos espontáneos que están denunciando estos hechos y que han encontrado casos tan aberrantes como el sujeto contratado para recoger residuos pero que decidió arrojarlos en cualquier rincón de la ciudad. Un cochino profesional. Este caso ocurrió en pleno eje ambiental, lugar emblemático de nuestra capital.
Llamado a la ciudadanía
Los bogotanos no tenemos derecho a reclamar nada de la administración si no estamos dispuestos a ser parte de la solución de los problemas que nos aquejan. Y las basuras es uno de ellos. Pero también los colados en TransMilenio, los invasores del espacio público, los mal parqueados, los matones en moto. Además de no comportarnos como salvajes, es importante denunciar los malos comportamientos, poner en evidencia a quienes persisten en creer que vivir en Bogotá o en cualquier ciudad no conlleva deberes y obligaciones. Claro que sí, de eso se trata la convivencia. Merecemos espacios limpios y libres, así como el derecho a un transporte público digno, sin colados, sin ladrones, sin habitantes de calle que atemoricen a los usuarios.
Como decía al comienzo, pueda ser que una golondrina no haga verano, pero si todos sumamos, lograremos mantener el orgullo que hoy sentimos de vivir en Bogotá. ¿No les parece?



