Los científicos continúan explorando los misterios de la imaginación en el cerebro. ¿Cómo logramos visualizar mentalmente el rostro de un amigo sin tenerlo frente a nosotros? ¿Qué regiones cerebrales hacen posible este fenómeno? Un artículo reciente publicado en Psychological Review aborda la imaginería visual, definida como la capacidad de ver con la mente sin estímulos externos.
Imaginación como percepción al revés
Durante años, la comunidad científica sostuvo que imaginar se asemeja a la percepción visual normal: al imaginar, se activan áreas cerebrales similares a las que usamos al ver realmente. Esta idea plantea que la imaginación sería una especie de percepción al revés. En la percepción, la información ingresa por los ojos y viaja hacia regiones cerebrales más complejas. En la imaginería, las áreas superiores enviarían señales de retroalimentación cortical hacia las zonas visuales, incluso la corteza visual primaria.
Evidencia inconsistente
Sin embargo, la evidencia no es del todo sólida. Algunos estudios indican que la retroalimentación no activa las áreas visuales con la misma intensidad que la percepción real, sino que modula o ajusta su actividad, a veces incluso reduciéndola. No se trata simplemente de encender la visión interna. Por ello, los autores del nuevo estudio proponen una hipótesis alternativa.
Reorganización de la actividad espontánea
En lugar de generar nuevas señales fuertes en las áreas visuales tempranas, los investigadores sugieren que la imaginería reorganiza o moldea la actividad que ya ocurre espontáneamente en el cerebro. El cerebro nunca está en silencio: siempre hay actividad de fondo. La imaginería ajustaría ese ruido interno para formar una representación mental.
Thomas Pace y Roger Koenig-Robert, dos de los autores, explican en The Conversation: “Cuando piensas en el rostro de un amigo, partes de una idea abstracta de él: un recuerdo o un nombre, extraído de regiones más allá del sistema visual. Esa idea se transmite a través de la secuencia visual hasta las primeras áreas visuales, que funcionan como el taller del cerebro donde normalmente se reconstruye un rostro a partir de sus partes: la curva de la mandíbula, el tono específico de un ojo. Estas señales descendentes se denominan actividad de retroalimentación”.
La materia prima ya existe
Pace y Koenig agregan que “la imaginación no necesita construir un rostro desde cero. La materia prima ya está ahí”, refiriéndose al bullicio interno de la visión: recuerdos visuales de caras, objetos y escenas previamente vistos. Estos recuerdos no están estáticos ni perfectamente organizados, sino que forman parte de una actividad continua del cerebro, como un flujo de fragmentos en segundo plano. Las representaciones están presentes, aunque de forma dispersa y débil. Por eso, no vemos claramente la cara del amigo en todo momento, pero partes de esa información (rasgos, formas, colores) están en la actividad interna del cerebro.
Diferencias entre imaginación y percepción
Esta propuesta ayuda a explicar por qué la imaginería se parece a la percepción, pero no es igual de vívida ni precisa. En palabras de los autores en The Conversation: “La percepción visual llega con una fuerza y regularidad que los patrones internos del cerebro no pueden igualar. La imaginación trabaja con esos patrones, en lugar de oponerse a ellos, transformando lo que ya existe en algo que casi podemos ver”.



