El fútbol como vida y engaño
En el barrio, futbolear era la actividad central de las tardes, los sábados, los domingos y hasta las noches de luna llena. Se jugaba en cualquier superficie: pavimento, pasto, tierra, barro, losa o cemento. Solo se necesitaba un espacio sin carros, poca gente, que los perros no molestaran y que las señoras no llamaran a la policía tras romperles los vidrios. Las lágrimas llegaban por la rabia de perder, la ira por un gol fallado o la pena por decepcionar a los amigos. Esos amigos eran verdaderos, para las buenas y las malas, que eran las buenas y las malas futboleando.
La vida seria es la que se juega
Para Ignacio Mejías, la vida fuera de los picados y la apuesta por la gaseosa y el pan era un simulacro, una farsa. La vida importante, trascendente, la que contaba, era la que sucedía mientras se futboleaba. Futbolear significa darle patadas a una pelota, jugar con ella, y también ser como una pelota. En la acción de futbolear, todos pueden ganar, pero indefectiblemente todos pierden, porque está intrínseca la acción de pelotear, de que la pelota vaya para cualquier lado.
Los estudiosos dirán que las pelotas no van a cualquier lado, sino que siguen reglas físicas. Todo es lógico, medible y previsible. Sin embargo, el pie de un futbolista, de un jugador de barrio, o de un carcelero, son superficies. El dilema es dominar el pie para determinar hacia dónde saldrá el balón con exactitud, superando obstáculos como rivales, compañeros, el árbitro, el viento o la lluvia. Es prácticamente imposible, por lo que se recurre a la suerte. Futbolear incluye el juego, las excusas, el manejo de la imagen, la tribuna, los medios, los contratos, las apuestas y la política. Es como trampear, estafar, engañar, y jugar bajo reglas que a veces ni se conocen. Quien no engaña no gana. Futbolear es el arte del engaño: insinuar un movimiento y hacer otro, silbar para despistar, esquivar la ley del juego.
Carmenza Hidalgo y el interrogatorio
Carmenza Hidalgo se sentó lentamente en un butaco del comedor de Ignacio Mejías, haciendo ruido con su falda al subir. Cruzó las piernas y preguntó si podía fumar. Mejías le acercó sus Pielroja y fósforos. Ella tosió y comentó sobre la fuerza de los cigarrillos. Luego, soltó: “¿Sabe quién me contó lo de sus arreglos en el fútbol?”. Mejías se despertó de la película en la que estaba metido y negó saber de arreglos. Hidalgo insistió: “Todos terminamos por hablar, por contar. Todos. Usted, yo, la señora La Fayette, doña Carlota, el señor Solano, la señorita Noguera, sus amiguitos de La Estrada…”. Mejías respondió que lo más tenebroso que había hecho fue una apuesta. Hidalgo mencionó una tarde lluviosa, encuentros, noches delirantes y una apuesta contra su propio equipo. Mejías negó ser el implicado, pero ella dijo que había pruebas. Él afirmó no acordarse de casi nada, y ella lo retó a comprobar su olvido. Hidalgo se mostró incrédula de que hubiera terminado amando tanto el fútbol.
La apuesta de Marcela Noguera
Seis meses atrás, durante un vendaval, La Duna empataba a cero contra San Alejo. Tras una falta, el árbitro detuvo el juego y Mejías fue a comprar una gaseosa, pero no encontró su billetera. Don Rufino le fió, pero sin dinero, estaba perdido. Una mujer de veintitantos, Marcela Noguera, se le acercó y le dijo: “Va mi cabeza contra un centavo a que perdemos, desgracia mía con este equipo”. Mejías aceptó la apuesta: mil pesos a que perdía su equipo, La Duna. Ella le prestó diez pesos. Cuando el juego se reinició, Marcela se acurrucó cerca del entrenador del San Alejo.
El locutor narró la jugada: Mesa llevaba la pelota, se la dio a Gayán, quien la llevaba atada al borde de su empeine. En el minuto 90, con ventaja de 1-0 para San Alejo, Gayán entró al área, el portero le salió, alargó el balón, un defensa lo cerró y Gayán cayó al suelo. Era penal a favor de La Duna. Los jugadores del San Alejo se le fueron encima, hubo empujones, patadas y una batalla campal con lluvia y barro. Luego del desmadre, Mejías habló con el árbitro para que esperara. Gayán era el encargado del penal; había botado dos en el año y hecho 15 o 16. Si hacía el gol, La Duna empataba e iba a la final.
En medio del barullo, Marcela agarró a Mejías del brazo y lo llevó a unos túneles de pinos detrás del arco. Rozó su cuerpo con el suyo y le dijo que la apuesta iba en serio. Mejías respondió que le debía diez pesos y que no se escaparía por perder. Ella le pidió un esfero, escribió “Apuesto por la derrota de La Duna” en un papel y lo puso contra su clavícula. Mejías firmó. Luego, Gayán tomó carrera, pateó suavemente y el portero Frías atajó. San Alejo pasó a la final.
La revelación de Hidalgo
Carmenza Hidalgo dijo: “Apuesto a que su amiguita le robó su billetera. Ustedes hacen lo que sea por una mujer”. Mejías no respondió. Ella le preguntó por qué a él, y si le sonaba Marcela Noguera. Mejías dijo que no. Hidalgo se fue sin dar más explicaciones. Mejías llamó a Juan del Barril, quien accedió a verse al día siguiente en casa de la señora Carlota a las siete de la mañana. Al preguntarle por Marcela Noguera, Del Barril respondió: “Uyuyuyuyyyyyyyyyy… Mañana le digo, viejo. Chaooooo”. Colgó.
Mejías llamó a Arturo Solanas, quien aceptó ir a su casa. Cuando Mejías le contó la historia de la apuesta y mencionó a Marcela Noguera, Solanas sonrió y dijo: “¿Qué me da si le digo que yo sé cosas y cuáles cosas?”. Durante la comida, Solanas le pidió información a cambio. Preguntó por Aurelio Solano, a quien Mejías había visto un día antes, llevado por dos gorilas. Solanas dijo que Solano era uno de los dueños del fútbol en el país. Mejías contó que hablaron de Distéfano. Solanas entonces reveló que Marcela Noguera era la novia a la sombra de Frías, el arquero del San Alejo.
En este capítulo de Futbolear participaron: Fernando Araújo Vélez como Ignacio Mejías, Joseph Casañas como Ignacio Mejías joven, Antonia Villalba como Carmenza Hidalgo, Keny Salamanca como locutor, Andrés Osorio como Arturo Solanas y Nicolás Achury como Juan del Barril. La audionovela fue escrita por Fernando Araújo Vélez, con producción y dirección actoral de Andrés Osorio Guillot y Joseph Casañas.



