Una pelota que lo cambió todo
Noviembre 14 de 1993. Un día más entre paredes grises, altas y deterioradas, llenas de cruces y nombres de otros encerrados. La pelota, cuarteada y desinflada, guardaba historias de fútbol. Era heredera de aquellas primeras que los obreros de los trenes llevaron en sus maletas en el siglo XIX. Para el fútbol solo se necesitaba una pelota, hecha de trapos y cuerdas o cuero sobre vejiga de cerdo. El resto se amoldaba: una cancha grande, un pasto quebradizo, una terraza, la playa o una calle de barro.
La pelota marcó la diferencia desde siempre. Con ella surgieron reglamentos, asociaciones, federaciones, torneos, y también el atajo, la trampa, el chantaje y los apostadores. Llevó el inglés, sus normas, tácticas, estrategias, y un poco de religión, política, monedas y tradiciones. Luego vino el negocio, y después el gran negocio y el supremo poder. En Bologna, durante el Mundial de Italia 90, en Villa Palavecini, vi una pelota manchada y medio inflada arrumada contra los rieles. Esa tarde imaginé la escena de un ferrocarril deteniéndose y obreros lanzando una pelota al campo. Así comenzaba el fútbol, en clave de pelota.
El encuentro con Del Barril
Solanas no me dijo mucho más de lo que me había insinuado. Solo repitió que buscara, que lo importante era buscar. Yo todavía le creía. A la mañana siguiente salí temprano hacia el café de doña Carlota, el Rasputín, para verme con Del Barril, que llegó puntual. Lo primero que hizo fue sacar de su maletín el anuario de grado de Marcela Noguera. Lo deslizó sobre la mesa.
—¿Yyyyyy? ¿Cómo va el señor de los Misterios? Cuánto tiempo, ¿no? Ahí tiene, para que se emocione un rato. Diez años. Fiuuuuuuuu —dijo Juan Del Barril.
—Oiga, gracias por el anuario —respondí.
—¿Y qué con la Noguera? —preguntó.
—Este anuario me sirve mucho, supongo. ¿Será muy complicado hallarla?
—Pues hombre, eso depende de los contactos que usted tenga.
—¿Y usted me puede ayudar?
—Puesssssssss… De lo de ella, solo recuerdo a Frías, ¿sabe quién era?
—Uyyyyyy, sí, claro.
—La Noguera, La Noguerota… Todos los caminos conducen a la misma mujer.
—¿Pero es para taaaaanto?
—Para taaaaanto y más. La verdad es que si yo volví a ver a Frías fue para verla a ella. Uffffffff, no mi hermano. Y con cada año se ponía mejoooor. Mejor en todo, le digo, en todo.
—¿Y hace cuánto no la ve o qué?
—Más de buenas… Hace como dos semanas iba hacia Unicentro, y ella salía. Nos vimos así, pam pam, de frente… Qué imagen, Nachín, para no olvidarla…
—Sí bueno, del putas, pero qué, ¿hablaron? ¿quedaron de verse?
—Estaba como a las carreras. Me dijo que me buscaba, pero apenas se metió en un carro que la esperaba, bah, eso creo, ahí no más pensé que no tiene ni idea de dónde encontrarme.
—Si dijo que lo buscaba, será. ¿Pero y qué ha hecho ella?
—Un amigo de un amigo y así me contó hace como un año que tenía una empresa de los mil carajos. Algo con el fútbol, pero ni él sabía bien.
—Bueno, en los tiempos de Frías le gustaba ir a los partidos, y no era como las otras, que iban a chismosear. Ella, a full con el juego y con los árbitros.
—Sí, ja. Cómo gritaba.
—Yo creo que se aprovechaba de que era mujer y estaba mmmm y todo eso y hacía lo que le daba la gana. Pobres árbitros. Imagine que uno es juez y entre tanto tipo y con la sangre caliente, llega una mujer a gritarle que no era offside, o que fue foul, o lo que sea… ¿Qué hace?
—Uy sí, no podían hacer nada. Sólo seguir, digo. Como la tarde del aguacero y del penalti y las luces.
—Pero cómo se me va a olvidar, Juancho, hermano. Si ese día comenzó… Bah, iba a decir mi verdadera pasión, pero me sonó medio iluso y dulzarrón en la cabeza.
—No es para apenarse, Mejías, suena bien eso, lindo, grande, digno. Ja. Mi verdadera pasión, pero su pasión comenzó antes de que naciera, viejo.
—Oiga, ¿y no hay forma de encontrarla? A mí me gustaría recordar aquellos tiempos y decirle lo que significó por lo menos para mí.
—Frías, Frías es la clave de encontrarla.
El paquete misterioso en el Rasputín
Del Barril miró su reloj, me pidió que cuidara el anuario y se fue. Yo me quedé un rato, pensando. Anoté lo de la clave del carnaval, y en esas se me apareció por detrás doña Carlota Gutiérrez, la dueña del Rasputín.
—Ja… Con que lo de la clave del carnaval, ¿no? —dijo Carlota.
—¿Pero usted es que me anda vigilando, doña Carlota?
—Hombre, don Ignacio, usted no es tan importante todavía. Oiga, mire, acá le dejaron un paquete ayer.
—¿Y eso?
—Yo no estaba y lo dejaron con el mensajero nuevo.
—A ver el paquete…
—¿O estaba esperando que fuera una rubia con los ojos rubios y los dientes rubios, como la canción de Rubén Blades?
De la intriga pasé a la calma y al humor. Supuse que doña Carlota estaba jugando. Abrí el paquete, ella a mi lado. Luego de sacar papeles arrugados y confetis, me encontré con una cajita que dentro tenía varios boletos de apuestas de las carreras de caballos del hipódromo de Techo, el 5 y 6.
—¿Y qué? ¿Misterios tiene la vida? —preguntó Carlota.
—Ja, como que sí. Ya ahora regreso, o mañana. Gracias, doña Carlota.
Cuando salí del Rasputín hacia El diario, me sentía medio helado, medio confundido. Me bajé del bus en la mitad del camino, por la 34 con séptima, y caminé dándole vueltas a la nada, tocando con mis dedos los boletos del 5 y 6, que eran un "ten cuidado, que acá vamos nosotros". Me sentí como una marioneta llevada de un sitio a otro, de una pista a otra, de un nombre a otro nombre. Era nada o tal vez todo. Cuando llegué a la oficina, llamé a Carmenza Hidalgo. Luego de varios intentos, me respondió un tipo que me sonó a Frías.
—¿Frías? ¿Frías? ¿En serio es usted? Oiga, antes que nada, necesito verlo.
—Ssssí, ¿Mejííías? Cóóóómo estáááá. Herrrrmaniiito.
—Bien, bien, pero en serio, necesito hablar con usted.
—Bueno, ennnnn una hora, Parque de los hippieeeees.
Colgó. Como un poseso, agarré mi abrigo y mis chiros y salí. Llegué cinco minutos tarde. Frías no estaba por ningún lado. Aguardé media hora y me metí en una tienducha recién abierta. Me senté ante una ventana, de perfil al parque. Otro tinto, más cigarrillos. A lo lejos vi a un tipo de espaldas que se me pareció a Frías. Salí a las carreras, pero no era él. Pasaron más de una hora. Gente y más gente, hasta que me fui con un nuevo revés. Decidí volver al Rasputín.
—Uyuyuyuyyyyyyyy… ¿De nuevo por acá? ¿Y ahora qué se le olvidó? —dijo Carlota.
—Ay, sí, para mal de mis males, doña Carlota. No me sale una, ni una, ni una solitaaaaaaa… Si hasta llamé a una señora y me contestó un tipejo al que estaba buscando. Mejor dicho, andan juntos.
—¿Y entonces? Espere, espere un ratico y le preparo algo bien reconfortante.
—Un Rasputín, será, je… Oiga, y a propósito, ¿por qué le dio por ponerle ese nombre a este café?
—Era de mis abuelos…
—Bueno, sí, ¿y qué?
—Que mi abuela era rusa.
—¿Rusaaaaaa?
—Shiiiitooooo… Pasito, que acá nadie sabe.
—Nadie sabe y el café se llama Rasputín, y usted, toda blanca y de ojos claros.
—Pero no saben, a veces creen que soy hija de ingleses o de italianos. La gente no es tan inteligente.
—¿Y qué, por qué se vino hasta este moridero su abuela?
—Perseguida, vigilada, o eso decía mi mamá.
—¿Por los comunistas?
—Sí, no. Mejor dicho, no era tan política la cosa.
—¿Entonces qué era?
—Mi abuela era muy, muy espiritual… Decían que debía ser descendiente de Rasputín, que dejó miles de hijos regados por Rusia.
—¿En serio? ¿Y lo podía comprobar?
—No, qué va a poder explicar nadie nada que haya tenido que ver con ese sujeto.
—Era como demente, ¿no? Y excuse si la ofendo, pero esa es la idea que uno tiene.
—Era místico, sabio, jaja… Mi sangre.
—¿Acaso usted qué sabe de eso?
—Oiga…
—Uy, Frías, allá va el maldito Frías que andaba buscando. Perdón, perdón. Ya vuelvo, ahora le pago.
La persecución de Frías y la paliza
Salí a las carreras por la 57 hacia El Campín, jadeando, hasta que alcancé a Alberto Frías, que andaba ensimismado. Lo toqué en el hombro y se dio media vuelta, medio asustado.
—Oiga, oiga, estuve tres horas en el parque.
—Sí, sííí, venga, veeeeennnneeega, a otro lado. Ahí, llllla buseta, ¿tiennnne suel-to?
—Eso va para la Estrada y luego hacia Fontibón.
—Párrrrrela, ahí adelaaante ba-ja-mos, salgamos acá.
Por un momento había olvidado que Frías hablaba a los trompicones. Nos subimos a la buseta. A los empujones llegamos hasta atrás. Le pasé un billete de 20 a una señora, y ella se lo pasó a un muchacho. Frías timbró y gritó y se pegó del timbre.
—Puerrrta… Pare, señooooor, pareeeeee.
—Pero qué, las vueltas…
—No, no, nada de vuuuuuueltas, caaaamine…
Me haló por el brazo y acabamos en la calle, frente al estadio, por la tribuna Oriental. Luego tomamos hacia el norte y empezó a llover. Nos metimos bajo un techito. Frías sacó un cigarrillo. Me ofreció uno y les dimos dos caladas.
—Oiiiiga, Mejííías, el otro día suuuupe toooodo lo de Gayán… y essssos.
—Y qué me dice, si usted hizo parte de esa treta.
—Peeeerrooooo no cuuuuentoooo, jajaja.
—Oiga, perdón, ¿Usted no puede hablar un poco más claroooooo?
—Coooomoooo hablo no tiene importaaaaaaa, sinooooo lo que sssséeeeeee.
—¿Y qué sabe más allá de lo que sabe y de lo que hizo?
—Loooos channnntajes, las amenazaaaas, palizasssss… todoooo, toddddito, toddddddooooo.
Dos días después de aquel partido de semifinales entre La Duna y San Alejo, a la salida de una práctica, Gayán y Orlando Mesa se me acercaron y me invitaron a una panadería. En el camino, Gayán hizo señas de que mejor fuéramos a otro sitio por el caño de La María. A media cuadra, en medio de unos lotes vacíos, salieron Hugo Pérez, Juan León y Esteban Rialto. Uno me tapó la boca, y entre los otros cuatro me amarraron las piernas y las manos. Me echaron al potrero y se me fueron encima entre los pastizales. Trompadas, patadas, bofetones.
—Por traicionero y mal nacido —dijo Gayán, jadeando.
—Por sapo y vendido —añadió Orlando Mesa.
—¿Y qué? ¿Cuánto le dieron, hijueputa, cuánto le dieron? —gritó Gayán.
Yo intentaba hacer gestos de que no, pero cada golpe multiplicaba sus rabias. Mis huesos crujían y sentía la piel como hierro al fuego. Gayán amenazó: "Y si dice una palabra, malparido, una sola palabra, esto de hoy solo habrá sido una fiesta, ¿me oyó?". Asentí con la boca tapada. De pronto oí voces lejanas. Me desamarraron, quitaron el esparadrapo naranja y salieron a toda prisa. Dos días después salimos a un receso del equipo. Nunca supe por qué me habían reventado. Gayán y sus amigotes se comportaban como si nada. Al día siguiente en el entrenamiento me dieron palmadas en la espalda. A mi padre le dije que me habían atracado. Con los días supe que alguien había regado el rumor de que yo había hablado con Gayán la mañana del juego.
—Usted ya sabía todo eso, ¿no? —pregunté a Frías.
—Parrrrrteeeee —respondió.
—Oiga Frías, ¿Y qué ha habido de la Noguera?
—Puesssss qué casssssualiiiidad. Eeeeella lo annnnnda buscando.
—Deme un número o algo, ¿sí?
—Ttttomeeeee… Lláaaamellllla en mmmmediiia horrra.
—Listo, claro, yo le marco a ver. Gracias.
La llamada de Marcela Noguera
Me fui a toda prisa a mi apartamento para analizar la situación y esperar un poco. En esas, timbró el teléfono. Conté hasta diez, respondí.
—Mejías, qué bueno que lo encuentro —dijo Marcela Noguera.
—Sí, bueno, gracias, ¿con quién?
—Con su apostadora preferida, a quien sé que está ansioso por ver.
—¿La de… la de… ¿Qué quiere?
—Tal cual… La mismísima. Ya sabrá para qué lo llamo. ¿Mejor dicho, cuándo nos vemos?
Por Fernando Araújo Vélez. De su paso por los diarios "La Prensa" y "El Tiempo", El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas "Cromos" y "Calle 22", aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.



