Consumada la derrota electoral, Sergio Ocampo confesó haber albergado una ilusión: que la izquierda colombiana entraría en una reflexión profunda tras los resultados que dieron como ganador a Abelardo De la Espriella por segunda vez. La investigación periodística de Ricardo Calderón reveló que el gobierno negoció la inteligencia del Estado y las cabezas de una treintena de generales con la organización más criminal del país. Ocampo pensó que vendría un examen de responsabilidades y correcciones en la dirigencia y las bases de la izquierda.
La necesidad de despetrificación
Era razonable esperar que, ante un Abelardo que prometió destripar, los partidos de izquierda se dieran cuenta de que necesitan “despetrificarse”, salir del discurso, las lógicas y los imaginarios de los años 60. Frente a tal amenaza, se requiere una izquierda más fuerte y legítima, basada en una apuesta ética y claridad moral, recuperando la verdad y jugando con inteligencia para actualizar lenguajes y símbolos.
Sin embargo, la reacción inicial fue esgrimir el libreto de que la culpa es ajena: robo de elecciones, compra de votos de la ultraderecha y un complot internacional orquestado por Trump. No se escuchó a nadie significativo aceptar la responsabilidad del jefe de Estado y los partidos que lo acompañaron. Ocampo señala que no hay pruebas del fraude y que no hay autoridad moral para hablar de compra de votos cuando en 2022 eso inclinó la balanza a favor del Pacto Histórico, y Benedetti lo usó para reinar.
Negación y autismo político
Acerca del llamado voto fusil, Ocampo critica la negación total ante la evidencia de votaciones sospechosas del 98 y 100 por ciento en el Pacífico por Iván Cepeda, contrastando con el ímpetu con que investigaron el constreñimiento electoral en zonas paramilitares. Esta izquierda anacrónica sigue creyendo que si lo hacen ellos es bueno, si lo hace el otro es inadmisible.
Ocampo describe a esta izquierda como autista, contentándose con el “pajazo mental” de que las comunidades negras e indígenas se sintieron reivindicadas. Aunque puede ser cierto, eso da argumentos al opositor para denunciar que quizá no se ha superado la combinación de todas las formas de lucha. Sobre la intervención de Trump, Ocampo cree que le restó más a De la Espriella de lo que pudo sumarle, y que el centro y los indecisos decidieron y resistieron.
La añoranza de los años 60
Ocampo esperaba que llegara el momento de trascender la añoranza de los años 60, actualizar “Las venas abiertas” y encarar a Estados Unidos de un modo distinto, reconociendo que allí se resiste a la dictadura de Trump. También clarificar relaciones con los imperialismos del este y superar la nostalgia de un comunismo que ya no existe. Hasta Eduardo Galeano renegó de su creación en 2014, asegurando que “no sería capaz de leer el libro de nuevo”.
Esperaba también una revisión del mito de la raza cósmica, ese invento de José Vasconcelos del que se adueñó la izquierda para refrendar una ilusión paternalista sobre la bondad y superioridad espiritual de los pueblos nativos. Ocampo ve paternalismo en la elección de Aida Quicué como vicepresidenta de Iván Cepeda, y en el determinismo de que no se puede ser negro y conservador, o indio y de derecha.
Discurso y práctica
Ocampo imaginó que se venía el momento de revisar el discurso y dejar las retóricas huecas, que hoy son un lastre si no van a la práctica. El ejemplo está en la culminación de un gobierno que fue mejor acuñando eslóganes y haciendo diagnósticos que concretando y ejecutando. También, repensar el principio de la violencia como dispositivo, la destrucción como medio, y la épica que degradó el conflicto hasta creer que hay víctimas buenas y malas.
La promesa incumplida de Petro
Ocampo confió en la promesa de Petro de que, culminado su tiempo, se iba a cuidar nietos, a leer y escribir; esa era la verdadera “despetrificación”. Pensar en más izquierda y menos Petro. Pero se dio cuenta de su imperdonable ingenuidad el viernes tras la reunión de Petro y Cepeda en la que se acordó que el jefe de la oposición será Petro. Ocampo concluye: “Cuatro años, u ocho o diez más, perdidos”.



