En un colegio oficial de Cundinamarca, la jornada no comienza con una evaluación ni con una clase de matemáticas. Comienza con una pregunta: ¿cómo se sienten hoy? A partir de allí transcurre una mañana que parece común: el desayuno escolar, un ensayo artístico, un proyecto para recuperar la quebrada de la vereda y una conversación entre una orientadora y un estudiante que necesita ser escuchado. Sin embargo, nada de eso ocurre por casualidad. Es la manifestación cotidiana de una idea poderosa: cuando la educación se articula con otros sectores, la salud, la protección, la cultura y el cuidado del ambiente, se construye en un sinónimo de bienestar, oportunidades y seguridad.
El mensaje de las urnas
Los resultados de las elecciones presidenciales de 2026 dejaron un mensaje claro. Los ciudadanos hablaron en las urnas y expresaron su expectativa de contar con un país más seguro, una economía más sólida y mejores condiciones de bienestar para las familias. Ese mandato merece ser atendido. Pero también plantea una pregunta de fondo: ¿cómo convertir esas prioridades en decisiones capaces de transformar el futuro del país?
Invertir en la niñez es desarrollar el país
Existe una razón para comenzar por la niñez. La seguridad, la estabilidad económica y el bienestar social no son únicamente metas de un gobierno; son el resultado de decisiones sostenidas sobre cómo una sociedad invierte en su gente. La niñez y la adolescencia no pueden seguir viéndose como un capítulo de la política social. Deben asumirse como el eje de una política de desarrollo.
Las proyecciones oficiales del DANE muestran que en Bogotá y Cundinamarca viven más de 2,6 millones de niñas, niños y adolescentes, lo que equivale a cerca del 19 % de la población infantil y adolescente del país. En otras palabras, casi uno de cada cinco niñas, niños y adolescentes de Colombia crece en esta región. Durante los próximos cuatro años, sus oportunidades de nacer, crecer, aprender, participar y desarrollar plenamente sus capacidades estarán estrechamente ligadas a las decisiones que se adopten en materia de educación, salud, nutrición, salud mental, protección integral y ambiente sano.
Bogotá aporta cerca del 25 % del Producto Interno Bruto nacional y, junto con Cundinamarca, conforma la principal región económica del país. Esa capacidad convierte a la región en un aliado estratégico del nuevo Gobierno Nacional para demostrar que la seguridad, la estabilidad económica y el bienestar social pueden construirse fortaleciendo las oportunidades de niñas, niños y adolescentes.
Evidencia internacional
La evidencia internacional es contundente. James Heckman, Premio Nobel de Economía, demostró que invertir en la primera infancia puede generar retornos de entre el 7 % y el 13 % anual por cada dólar invertido, al mejorar la educación, la salud y la productividad, y reducir los costos asociados a la violencia, la exclusión y la desigualdad. Invertir en la niñez no solo transforma vidas; fortalece las capacidades para el desarrollo, contribuye a la sostenibilidad financiera del Estado y genera sociedades más seguras, equitativas y prósperas.
Una oportunidad para la región
La región no parte de cero. Bogotá y Cundinamarca han fortalecido la educación inicial, ampliado la atención integral y consolidado la escuela como un entorno protector donde convergen el aprendizaje, la alimentación escolar, el bienestar socioemocional, el deporte, el arte y la participación. El nuevo Gobierno Nacional tiene la oportunidad de potenciar estos avances mediante una agenda regional que articule educación, salud, nutrición, salud mental, protección integral, bienestar social y ambiente sano como pilares de un modelo de desarrollo compartido.
El país que queremos construir
Si algo nos dejaron las elecciones fue la oportunidad de preguntarnos qué tipo de país queremos construir durante los próximos cuatro años. La respuesta también se encuentra en los entornos donde crecen nuestras niñas, niños y adolescentes.
Un ambiente sano es el escenario donde la vida, el bienestar y el desarrollo se hacen posibles. Está presente en la calidad del aire que respiran, en el agua que consumen, en los páramos, los humedales y los ecosistemas que sostienen el territorio; y se expresa en escuelas que protegen, familias que cuidan, comunidades que conviven en paz y territorios que ofrecen oportunidades para aprender, participar y desarrollar plenamente sus capacidades. Son dimensiones inseparables de un mismo propósito: garantizar entornos protegidos y protectores que hagan posible el ejercicio pleno de los derechos de niñas, niños y adolescentes.
Esa es la invitación que hacen la Observación General No. 26 y las recientes recomendaciones del Comité de los Derechos del Niño para Colombia: comprender que un ambiente limpio, saludable y sostenible significa también garantizar entornos protegidos y protectores donde las nuevas generaciones puedan crecer con bienestar, ejercer plenamente sus derechos y construir sus proyectos de vida.
El verdadero desarrollo de un país se refleja en la manera como protege a sus niñas, niños y adolescentes. Si Bogotá, Cundinamarca y el nuevo Gobierno Nacional logran convertir esta visión en una agenda compartida para el periodo 2026–2030, no solo estarán respondiendo al mandato expresado en las urnas; estarán tomando una decisión estratégica para el futuro de Colombia. Porque la seguridad, la estabilidad económica, el bienestar social y la sostenibilidad ambiental no comienzan con una política sectorial: comienzan cuando un país decide garantizar que cada niña, niño y adolescente crezca en entornos protegidos y protectores. Allí empieza, verdaderamente, el país que queremos construir.
Por Zullybeth Mora Cubillos, experta en desarrollo social, educación y derechos de la niñez y la adolescencia, con más de 21 años de experiencia en el sector público, la cooperación internacional y las organizaciones de la sociedad civil.



