Un almuerzo histórico tras las revelaciones del Cartel de Cali
En medio del revuelo causado por el célebre reportaje de Yamid Amat al exministro Fernando Botero, transmitido el lunes 22 de enero de 1996, donde se aseguraba que el presidente Ernesto Samper sí conocía el ingreso de dineros del Cartel de Cali a su campaña, una anécdota personal revela el clima político de la época.
La llamada inesperada de Juan Francisco Samper
Al día siguiente, martes 23 de enero, Óscar Alarcón tenía una cita para almorzar con su gran amigo Juan Francisco Samper Pizano, hermano del presidente, en el tradicional restaurante Refugio Alpino, ubicado en el centro de Bogotá. Suponiendo que Juan no estaría de ánimo tras las graves acusaciones, Alarcón decidió no asistir. Sin embargo, pasadas las doce y media, recibió una llamada inesperada.
-Oiga, aquí lo estoy esperando. ¿Acaso creía, como otros, que Ernesto se iba a caer? ¿Creían que lo de Botero, Zea? No sea guevón, véngase, le dijo Juan Francisco desde el restaurante, demostrando su característico humor y determinación.
La sorpresa en el Refugio Alpino
Ante la insistencia, Alarcón acudió rápidamente al lugar. Para su sorpresa, en una de las mesas estaban sentados dos de los llamados "conspiretas", y poco a poco fueron llegando más. El Refugio Alpino era un sitio donde se acudía con reserva, por lo que la presencia de este grupo llamó la atención.
Juan Francisco, con discreción, le preguntó a don Camilo, el dueño del establecimiento, desde cuándo habían hecho la reserva esos comensales. "Desde el jueves", respondió el propietario con sigilo. -¡Claro —comentó Juan a Alarcón—, lo tenían todo preparado para festejar!, exclamó, refiriéndose a la posible caída política de su hermano.
Un brindis irónico que dejó estupefactos
En un gesto de "amistad" irónica, Juan Francisco envió a la mesa de los "conspiretas" una botella del mismo vino que estaban consumiendo, a través de un mesero. ¡Quedaron estupefactos!, relata Alarcón. No tuvieron más opción que abrirla, alzar sus copas y brindar con ellos, no por la caída del presidente, sino por su permanencia.
El adiós a un amigo entrañable
Años después, Juan Francisco llamó a Alarcón para decirle: "Oiga, quiero verme con usted para despedirme… porque me voy a morir". Cuando se encontraron, llegó demacrado y sin el buen humor que siempre caracterizó a los Samper Pizano. Falleció el 15 de marzo de 2007.
Después de acompañar sus restos al Cementerio Central, Alarcón, junto a Benjamín Medina y otros amigos, fue a recordarlo al Refugio Alpino, en la misma mesa que él solía reservar. Allí las mesas eran reservadas, pero las conversaciones no, concluye el relato, destacando la franqueza y camaradería que definían esos encuentros.
Esta anécdota, que surge a propósito del libro Memorias cruzadas de Daniel Samper Pizano y Enrique Santos Calderón, ilustra un momento crucial de la política colombiana y el carácter de una figura cercana al poder.



