El elefante blanco que aún podemos evitar en Colombia
El elefante blanco que aún podemos evitar

En Colombia no se requieren indicadores sofisticados para identificar un fracaso en la gestión pública. Basta con observar un hospital sin terminar, un puente que no conecta o un colegio sin techo. Los denominados elefantes blancos se han convertido en parte del paisaje: indignan, generan titulares y, con el tiempo, caen en el olvido.

La pregunta de fondo no es por qué existen, sino por qué siempre se actúa tarde. Hay información disponible para detenerlos; lo que falta es la capacidad de actuar a tiempo.

Cada proyecto fallido dejó señales mucho antes de convertirse en escándalo: retrasos injustificados, adiciones presupuestales repetidas, facturas reprocesadas o contratos modificados una y otra vez. Nada de eso ocurre de un día para otro. Todo se reporta y se documenta. La información existe, pero está fragmentada, atrapada en aplicativos que no se comunican entre sí. Sin análisis, sin uso. Mientras se reconstruye lo que sucedió, el daño ya es irreversible. Se sigue auditando el pasado mientras la ineficiencia opera en tiempo real.

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La paradoja de la infraestructura

La infraestructura, tanto de transporte como social (escuelas y hospitales), es el mejor ejemplo de esta paradoja. Es el principal destino de la inversión pública nacional y territorial —más de 25 billones de pesos anuales y un estimado de más de 320 billones en los próximos 15 años— y, al mismo tiempo, el escenario de las fallas más visibles. No faltan normas; falta que los controles dejen de estar en el papel y se activen antes de que ocurra la pérdida. Se ha construido un sistema que explica muy bien los fracasos, pero que no sabe prevenirlos.

Modelos internacionales de alerta temprana

En más de 20 países —desde el Reino Unido hasta El Salvador e Indonesia— ya se utilizan modelos como el Infrastructure Transparency Index (ITI) para monitorear los proyectos mientras se ejecutan. Lo interesante no es el índice en sí, sino su capacidad de convertir datos reales en alertas tempranas, con seguimiento multisectorial de la comunidad, el sector privado y el sector público. Esta iniciativa muestra que, en promedio, las obras toman un 73 por ciento más de tiempo de lo planeado originalmente, lo que incrementa drásticamente los costos finales.

Esto no es menor. Organismos como el Banco Mundial estiman que entre el 10 por ciento y el 30 por ciento del valor de los proyectos de infraestructura se pierde por ineficiencias y mala gestión. Es decir, una parte significativa de la inversión pública nunca se traduce en bienestar.

El desafío institucional de Colombia

Ese es el punto que Colombia aún no resuelve. Se tienen datos, pero no un sistema. Existen plataformas y reportes, pero los sistemas de contratación, ejecución y seguimiento siguen operando como islas. Falta una arquitectura que permita seguir una obra de punta a punta, integrar la información y generar alertas oportunas. El salto que falta no es tecnológico, es institucional. Se trata de dejar de ver la auditoría como un ejercicio de autopsia y empezar a usarla como herramienta de gobierno. No es solo un problema técnico: es desarrollo que no llega, oportunidades que se pierden y confianza que se erosiona.

Cada obra inconclusa es una escuela que no abrió, una vía sin destino, un servicio que no llegó. Los elefantes blancos se construyen paso a paso frente a nuestros ojos. Pero hay algo más incómodo: no es que no se sepa cómo evitarlos. Es que aún no se ha decidido hacerlo.

Porque prevenir exige cambiar incentivos, reducir espacios de discrecionalidad y aceptar niveles de transparencia que incomodan al poder. Exige gobernar con datos, incluso cuando los datos contradicen el relato. Y esa es, en el fondo, la verdadera discusión.

Gobernar con datos exige aceptar niveles de transparencia y control real. La diferencia hoy no está en la tecnología disponible, sino en la voluntad de usarla. Evitar elefantes blancos es institucionalmente exigente, pero necesario. Como país, se debe decidir: ¿seguiremos siendo expertos en explicar fracasos o empezaremos, por fin, a evitarlos?

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