Iván Cepeda es un candidato entre signos de interrogación. Es cierto que tenemos claras sus actuaciones como congresista, defensor de Derechos Humanos, activista por las víctimas de violencia estatal y facilitador en diferentes procesos de paz. Ha dado peleas mediáticas y judiciales que muestran su talante. También su historia familiar define el lugar ideológico desde donde habla y actúa. Y, sin embargo, Iván Cepeda es para muchos una incógnita, un candidato agazapado en las formas, en el tono monocorde de algunos lugares comunes institucionales, en cierto ensimismamiento personal que no logra alumbrar del todo a quien podría ser el próximo presidente.
Contrario a la característica de la política actual, donde los candidatos son más la estridencia del personaje, la construcción personal y familiar, el dummie parlante de los asesores, Cepeda habla, camina y actúa como un conferencista gris. Los analistas y asesores claman por la emotividad, el espectáculo, la viralidad, la agitación… y Cepeda sigue actuando según la cuerda que él mismo se da todas las mañanas. Esa parsimonia se la permite en buena parte el presidente Petro, que ha sido su jefe de debate desde hace ya cerca de un año. Petro agita, Cepeda medita. La campaña se convirtió, en buena parte, en una consulta popular sobre la continuidad del gobierno.
El presidente vende la idea del bloqueo institucional que ha impedido su revolución. A comienzos de 2025 dijo que uno de sus errores fue “creer que se podría hacer una revolución gobernando”. El progresismo no ha renunciado a la idea del cambio a pesar de las frustraciones, promesas, desastres y deudas que deja el gobierno Petro. “Primeras partes nunca fueron buenas”, parecen decir. Así que el Pacto Histórico puede seguir vendiendo la idea del cambio: “el sistema enquistado no cae fácilmente, somos una utopía de vida no un cuadro de Excel…”. Iván Cepeda entonces lleva su pasma bajo la hiperactividad del presidente, puede ir en neutra sin ningún problema.
No quedan muchas opciones para descifrar la incógnita. Cepeda nunca ha ocupado un cargo unipersonal, nunca ha ejercido un liderazgo en el ejecutivo ni ha dirigido un complejo aparato burocrático. No tenemos un mínimo recorrido sobre sus ideas económicas, solo respuestas etéreas y convocatorias a un “pacto nacional”. Sobre salud y déficit fiscal suelta dos líneas etéreas. Nos queda entonces intentar saber qué tanto podría parecerse a Petro. ¿Piensa de verdad que gobernar es un trabajo aburrido e inútil y por eso es mejor la movilización por una constituyente? ¿Cree, como Gustavo Petro, que Colombia no es una democracia? Cepeda ha sido más cauto y ha hablado de “democracia imperfecta” o “restringida”. Cosa que no dice mucho, las democracias son por definición imperfectas o restringidas.
Reacciones personales pueden dar pistas. Cuando el CNE dijo no a su participación en las consultas interpartidistas calificó la decisión de “arbitraria y antidemocrática” pero no dejó una sola descalificación. Petro, por su parte, convocó a un tutelatón y soltó la sarta de epítetos contra el CNE. El presidente ha hablado del ejercicio de la presidencia como la “infelicidad absoluta” y ha señalado al “enemigo interno” que habita el gobierno y la institucionalidad. También ha descalificado a su gabinete por no ser revolucionario como él.
Unas de las preguntas para definir ha Cepeda es saber qué tanto comparte con Petro esa visión de un Estado enemigo y del ejercicio paranoico de la administración pública, de esa frustración autócrata por no tener un poder exento y de ese maximalismo revolucionario, de esa rabia por su obligación de “administrar un capitalismo moribundo”. No parece fácil que tengamos una revelación en campaña, al fin de cuentas, Cepeda es un filósofo educado en Bulgaria y Petro un activista formado en Zipaquirá.



