El arbitraje de inversión: un desafío a la soberanía colombiana
En el año 2012, tras un fallo de la Corte Internacional de Justicia que alteró las fronteras marítimas de Colombia en el Archipiélago de San Andrés, el entonces presidente Juan Manuel Santos tomó una decisión histórica al denunciar el Pacto de Bogotá. Este tratado otorgaba jurisdicción automática a la CIJ sobre disputas limítrofes, y Santos argumentó la necesidad de retomar la tradición de definir delimitaciones mediante tratados y diplomacia directa. La medida recibió un amplio respaldo político e institucional en su momento, marcando un precedente importante para la defensa de la soberanía nacional.
La retirada del régimen de arbitraje internacional
Recientemente, el presidente Gustavo Petro anunció la intención de retirar a Colombia del régimen de arbitraje internacional de inversión. Aunque este sistema opera de forma distinta al caso del Pacto de Bogotá, plantea amenazas comparables a la soberanía nacional. El arbitraje de inversión, anclado en tratados bilaterales y acuerdos de libre comercio, permite a multinacionales y grandes inversionistas acceder a una justicia paralela que evade los tribunales nacionales. Esto les faculta para demandar al Estado cuando políticas públicas afectan sus ganancias, creando un sistema que, según expertos, menoscaba la autonomía del país.
La Constitución colombiana establece que nacionales y extranjeros deben gozar de los mismos derechos y obligaciones. Sin embargo, bajo este régimen paralegal, los inversionistas extranjeros terminan con más garantías que los propios ciudadanos colombianos. Un ejemplo concreto, documentado por académicos de la Universidad del Rosario, muestra cómo la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras de 2011 llevó a la Unidad de Restitución de Tierras a actuar con cautela en reclamaciones que podían chocar con intereses protegidos por tratados de inversión. En la práctica, esto genera un doble rasero: uno más favorable para el inversionista extranjero y otro para el empresariado nacional.
Asimetrías y respaldo institucional
Esta asimetría en las protecciones fue precisamente la razón por la cual la Corte Constitucional puso en tela de juicio la constitucionalidad de los tratados de inversión con Francia e Israel en 2019. La Corte advirtió que las garantías exclusivas para inversionistas extranjeros vulneraban el principio de igualdad consagrado en la Carta Política. Dados estos antecedentes, se espera que la Corte respalde las acciones del presidente Petro orientadas a extraer a Colombia de un régimen que no solo crea profundas desigualdades, sino que también ha sido utilizado para controvertir decisiones clave del Estado.
Por ejemplo, fallos judiciales que limitaron la gran minería en páramos o avalaron la reversión al Estado de activos de telecomunicaciones han sido desafiados mediante este sistema. Un caso emblemático ocurrió cuando Telefónica obtuvo un laudo arbitral por 380 millones de dólares contra el Estado colombiano, desvirtuando una decisión nacional. Estos incidentes subrayan cómo el arbitraje de inversión puede socavar la autoridad de las instituciones colombianas.
Precedentes y desafíos políticos
Algunas voces argumentan que la salida de tratados con protecciones a la inversión extranjera requiere aprobación del Congreso y la Corte. No obstante, el precedente del Pacto de Bogotá es claro: en ese caso, la Corte analizó la denuncia realizada exclusivamente mediante acción del Ejecutivo y no encontró reparos. Esto sugiere que la retirada del régimen de arbitraje podría seguir un camino similar, basado en la defensa de la soberanía.
En un ambiente político polarizado y con elecciones presidenciales en el horizonte, decisiones de esta naturaleza tienden a convertirse en trincheras ideológicas. Sin embargo, tal como ocurrió con el Archipiélago de San Andrés, la sociedad y la institucionalidad colombiana deben superar sus divisiones y priorizar la defensa de la soberanía nacional. La salida del arbitraje de inversión, al igual que la denuncia del Pacto de Bogotá, merece un respaldo amplio y transversal, reconociendo los riesgos que este sistema representa para la autonomía y la equidad en el país.
Por Daniel Rangel Jurado, columnista invitado.



