A las cinco de la mañana, cuando la neblina aún cubre las montañas del Norte de Antioquia y el barro se hunde bajo las botas, Fabio Torres Espinoza ya está despierto. Con 82 años, todavía cuida terneras, pica pasto para las vacas y recorre la finca como quien no ha aprendido a vivir de otra manera.
“Yo me levantaba a las tres de la mañana a ordeñar. Y duraba en el potrero muchas horas, así lloviera, tronara o hubiese tormentas”, dice, de pie detrás del corral de los cerdos que aún pastorean. Habla despacio, como si cada frase surgiera de muchos años atrás y con dificultad por las secuelas del covid-19. “Toda la vida he manejado ganado desde niño. Casi que ese fue mi estudio”.
De la fumiga a la regeneración
Durante décadas, Fabio trabajó bajo la lógica de casi todos los ganaderos de la región: fumigar, fertilizar, producir más. “Yo fumigaba con veneno”, recuerda. Cargaba una bomba en la espalda y rociaba potreros enteros. Así se hacía. Así aprendió.
Ahora escucha a sus hijos hablar de biofertilizantes, suelos vivos, conservación del agua y ganadería regenerativa. Palabras que hace unos años le habrían sonado extrañas en una finca donde lo importante era sobrevivir. Pero sobrevivir también se volvió difícil.
La historia de esta familia no comenzó entre yogures griegos, quesos artesanales ni discursos sobre sostenibilidad. Comenzó mucho antes, cuando Fabio trabajaba en fincas ajenas en Santa Rosa de Osos y logró arrendar un potrero pequeño tras más de una década de esfuerzo. “Fueron 13 años de lucha”, recuerda.
La finca creció lentamente, a punta de madrugadas, ordeños y trabajo físico. Fabio envejeció trabajando. Hasta que llegó la pandemia.
Sus hijos dicen que después del covid quedó golpeado: más lento, más cansado. Fue entonces cuando los tres hermanos empezaron a regresar. Uno trabajaba en lácteos, otro en asesoría agropecuaria, otro llevaba su vida lejos de la finca. Pero el deterioro del padre los reunió alrededor del ganado. “No es momento de dejar solo al viejo”, recuerda Jorge Mario Torres, uno de sus hijos, quien lidera la transformación hacia la ganadería no convencional.
Una nueva visión del campo
Jorge habla distinto a Fabio. Mientras el padre habla desde la experiencia del cuerpo, él lo hace desde las ideas: ecosistemas, sostenibilidad, producción consciente. Pero detrás de las palabras técnicas hay algo más simple: construir una vida distinta a la que vio sufrir a su papá.
“Sí, yo creo que lo primero es entender que no vinimos al mundo a trabajar solamente, sino también a encontrar motivos de felicidad y encuentro con el otro. Cuando uno cambia ese paradigma, no solo de ser productivo en términos económicos, sino también en el uso del tiempo libre, en aprender, investigar y compartir, encuentra no una actividad sino un modo de vida”, explica mientras camina entre potreros húmedos.
Jorge está convencido de que la ganadería tradicional no aguantará mucho más. “Todos los ganaderos te dicen que se van a quedar sin mano de obra. Yo les respondo: bajo un sistema productivo tan complicado como el suyo, ¿quién va a querer trabajar? Madrugadas a las dos o tres de la mañana no son justas. Los jóvenes no encuentran un proyecto de vida en el campo. Si queremos que se enamoren, necesitamos sistemas productivos diferentes”.
“El tema de la mano de obra, los costos de producción, los insumos carísimos y la variabilidad climática afectan mucho a la ganadería. Creo que son cinco, máximo diez años para migrar a sistemas productivos. No digo como este, pero tal vez similares”, advierte.
El papel de los cerdos 'promiscuos'
En la lógica circular que la familia Torres intenta construir, los cerdos negros ibéricos cumplen un papel que va más allá de la producción de carne. Jorge Mario Torres explica que son “cerdos de trabajo” porque ayudan a regenerar el suelo y aprovechan residuos que antes se desperdiciaban. “Están diseñados para romper la tierra, alimentarse de raíces y pequeños macroinvertebrados del suelo”, dice. Los animales funcionan como una “mecanización natural”: remueven la tierra sin deteriorarla y permiten que la pradera se restaure.
Son claves en el aprovechamiento del lactosuero de la producción de quesos y yogures, su carne es de buena calidad gracias a su alimentación natural y tienen gran capacidad de reproducción. “Yo digo que son muy promiscuos, antes toca tener cuidado de que no se reproduzcan más de lo necesario. Lo que no logramos transformar en biofertilizantes lo transformamos en carne y trabajo”, asegura.
Al principio Fabio no estaba de acuerdo. Cuenta que fue difícil porque el pasto no crecía como antes, e incluso estuvo a punto de irse a raíz de los cambios que implementaba Jorge. Pero poco a poco la situación mejoró.
La finca apenas arrancaba: tenían poco pasto, poca producción y muchas dudas. Pero los hijos insistieron. Empezaron despacio, con baja producción de leche, pero la sostenibilidad comenzó a dar frutos. “Nosotros tenemos un promedio de producción relativamente bajo, pero un margen de ganancia muy amplio: 17 litros al día para un ganadero convencional es pérdida. ¿Por qué? Porque la ganadería altamente tecnificada en el norte de Antioquia exhibe promedios por arriba de 22 litros. Pero para nosotros, por nuestro sistema de manejo y costos, eso es un muy buen promedio”.
Luego comenzaron a transformar la leche y, al funcionar el negocio, el padre decidió ceder el control. “Yo solo los ayudo. Ellos ya mandan aquí”, dice Fabio sonriendo con tranquilidad.
Productos lácteos artesanales
El cambio final, el paso a productos lácteos de calidad, llegó por accidente. Una mañana, durante un desayuno, se dieron cuenta de que el queso que compraban no les gustaba. El hermano que sabía de lácteos propuso hacer uno propio con la leche de la finca. Probaron y funcionó. Después vinieron los yogures, los quesos maduros, el kéfir y otros productos.
Ahora hablan de fermentos, proteínas A2A2 y procesos naturales. Pero incluso en medio de esos discursos modernos, la finca sigue teniendo algo profundamente campesino: una familia trabajando unida alrededor del mismo terreno. Quizás esa sea la verdadera transformación: no solo producir distinto, sino habitar distinto el campo y permitir que la ganadería sea un modo de vida digno.
En el Norte de Antioquia, donde la ganadería todavía se mide en litros de leche y jornadas infinitas, esta familia intenta demostrar que también puede medirse en tiempo compartido, hectáreas de tierra protegida e hijos que regresan antes de que sea demasiado tarde. Por eso su emprendimiento se llama Mu Drua: “mi tierra” en lengua emberá.



