La renuencia del candidato oficialista a participar en debates televisados lo ha convertido en blanco de críticas por supuesta cobardía. Su rival Paloma Valencia afirmó: "Le da miedo, sobre todo porque tiene que leer los discursos". Una cuenta en X, que refleja la opinión de muchos, sostiene: "No tiene propuestas y por eso no quiere debatir". Las redes sociales, implacables, le colocaron una banderilla con la etiqueta #CepedaCuálEsElMiedo.
Un cambio de postura inesperado
Resulta paradójico que el senador que se destacó en el Congreso por sus intensos debates contra el paramilitarismo ahora tema exponerse a algo tan común en una campaña electoral como un debate entre candidatos. Aunque esta estrategia busca no arriesgar su primer lugar en las encuestas, le está generando una mala imagen.
Para ser justos, Cepeda, quien inicialmente se negó a debatir, finalmente aceptó. Sin embargo, impuso unas reglas tan favorables para él que prácticamente garantizan que el encuentro no se realizará.
Condiciones que favorecen al candidato
En primer lugar, exige que los temas sean definidos de antemano. No desea preguntas imprevistas; los temas deben ser aprobados por él. Una exigencia que elimina la espontaneidad del debate.
En segundo lugar, solicita que el debate sea solo con los candidatos de "extrema derecha": Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella. Excluye a los centristas Claudia López y Sergio Fajardo, y de paso califica a sus rivales de extremistas, cuando él mismo es el más radical en esta campaña.
Y lo más osado: dado que, según Cepeda, serían dos contra uno, propone que se le conceda más tiempo a él que a los demás. Es una ironía mayúscula: el candidato que predica la igualdad exige privilegios.
El talante autoritario detrás de las exigencias
Estos requisitos son expresados con la dicción pausada y desapasionada del senador, que le ha dado una imagen de político ponderado. Pero, como en las aguas mansas, debajo de la superficie fluyen corrientes peligrosas.
La formulación de tantas pretensiones para un simple debate constituye uno de esos momentos en que se notan las costuras del disfraz que todo político lleva puesto. Es el instante en que se corre el velo y se ve lo que hay detrás. Y lo que se percibe aquí no es cobardía, sino algo peor: el palpitar de un temperamento autoritario. La necesidad de dominar los términos del debate para censurar unos puntos de vista y promover otros; algo nada extraño en alguien con formación comunista, como Cepeda. Algo nada extraño en alguien que aspira a continuar la obra de Gustavo Petro.
La sombra del acuerdo nacional
Ese talante controlador es de especial relevancia en la discusión sobre la asamblea constituyente. Tras recibir críticas por su postura favorable a la convocatoria de ese órgano, Cepeda reculó. Afirmó que su prioridad es el ‘acuerdo nacional’: la misma expresión manoseada con que Petro timó a la opinión pública durante cuatro años.
Bruce Mac Master, presidente de la Andi, cuenta en su libro ‘La agenda de la desestabilización’ —cuya lectura recomiendo a todos— que una de las condiciones que le planteó Petro para incluir a los empresarios en el tal acuerdo era la estatización del sistema financiero del país. Una demanda tan extravagante que sepultaba de entrada cualquier posibilidad de entendimiento. Ese mismo procedimiento aplica Cepeda en el caso de los debates.
Para el petrismo, el acuerdo nacional es como la fase de conciliación de ciertos procesos jurídicos: uno sabe de antemano que no va a funcionar, pero la cumple, porque es obligatoria. El petrismo sabe que el acuerdo nacional no va a funcionar, pues únicamente acepta que se conduzca bajo sus propios parámetros. Solo lo propone para luego poder decir: lo intentamos, pero no se pudo. Venga ahora sí la constituyente.
Y esta se levantará, también, sobre un armazón de reglas retorcidas, que garanticen que de ella solo pueda surgir un engendro del agrado de sus convocantes.



