Fragmentación política en Colombia: la crónica de una derrota anunciada
Fragmentación política en Colombia: derrota anunciada

"Divide y vencerás". El adagio es tan viejo como el poder mismo, pero en Colombia parece que lo leemos al revés. La fragmentación ha sido la lápida de múltiples proyectos políticos y, si el ego no baja de nivel, el 2026 será otra crónica de una derrota anunciada.

Estamos ante un panorama que no es solo preocupante; es tristemente predecible. Mientras la derecha se desangra en disputas de salón, le está sirviendo en bandeja de plata la continuidad a una izquierda tan mediocre como astuta. En las pasadas legislativas quedó claro: al elector le fascina que le hablen bonito mientras le vacían los bolsillos.

La izquierda, eso sí, ha sido lo suficientemente torpe para ventilar sus propios despojos; sus escándalos no los destapa la oposición, sino sus propios militantes. Pero su falta de lealtad y su ausencia total de honor no parecen importar cuando tienen enfrente a un Congreso que no parece una colcha de retazos —como las que tejían nuestras abuelas con esmero—, sino un montón de trapos viejos, desordenados y malolientes.

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El colombiano de a pie parece haber apostatado de su propia identidad y, como borrego que busca el matadero, le entrega el poder a quien mejor lo engaña. Esto no es más que una guerra de lobos: uno viejo y cansado, pero que aún sabe morder, y otro joven, pendenciero, que apenas araña. Y entre el descuido de unos y la ambición de otros, se alimenta el amo del bosque.

Parece que necesitamos clases de historia con urgencia. Se nos olvida que la división entregó el poder en 1930, cuando el conservatismo, paralizado por la zozobra de quién era el elegido del clero, le abrió la puerta a la hegemonía liberal. O el ejemplo inverso de 1946: la soberbia de los vástagos liberales y el ego de un caudillo despechado le regalaron la Casa de Nariño a los conservadores. Y ni hablar de 1982, cuando el fuego amigo entre caciques le dio el pase a Betancur, pues Galán terminó siendo la sombra que ahogó al “dinosaurio” López Michelsen.

Hoy, la izquierda se ríe en nuestras narices. ¿Y cómo culparlos, si el lobo feroz de nuestra derecha se ha desgastado tanto en sus propias rencillas que ha dejado la manada a la intemperie?

Hoy el espectro está fracturado. Por un lado, una mujer de temple, cargando influencias variopintas; por el otro, un outsider que se vende como el antídoto final contra la “mamertería”. Ambos con virtudes, ambos con pesos muertos que arrastrar. Mientras el centro y la derecha se pelean por la supremacía del náufrago, la Lobería de la Casa de Nariño se frota las manos, celebrando un posible —y preocupante— repunte.

La lección es elemental, pero parece que no entra: en política, como en la vida, o nos unimos con sentido, o nos hundimos sin remedio.

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