La polarización política en Colombia y sus consecuencias
Polarización política en Colombia y sus consecuencias

Basta observar el momento que vive la campaña electoral para comprender cuál es la Colombia que nos espera en los próximos cuatro años, si cualquiera de los favoritos actuales gana la presidencia. Para los uribistas, Gustavo Petro representa el fin del mundo e Iván Cepeda el Apocalipsis. Para los petristas, Álvaro Uribe es el Armagedón, Abelardo de la Espriella el demonio y Paloma Valencia el juicio final. No se sabe si tienen razón, pero cada uno se encargará de hacer la vida imposible a sus adversarios y, por extensión, a todos los colombianos.

Promesas de odio y venganza

Los unos prometen cárcel para este y juicio para aquel; los otros prometen lo mismo, pero añaden extradición. Alguno incluso usa el escandaloso verbo "destripar". Todos parecen ser, 50 años después, los aplicados herederos de la tradición de odio que enseñaron los liberales y conservadores del siglo pasado. Están empeñados en que las nuevas generaciones carguen con la cruz de sus odios viejos y fríos, sin darse cuenta de que eso mantiene a Colombia postrada en el atraso y la mediocridad: sin una vía completa de doble calzada entre las dos principales ciudades, sin presencia del Estado en la mitad del territorio, en un abandono que asusta.

Méritos y fracasos de los líderes

Está bien que Petro haya demostrado que un colombiano que no pertenezca a las viejas élites puede ganar unas elecciones y ser presidente. Pero también ha demostrado que eso no basta para ser un buen gobernante ni para traer los cambios que prometió para sus cuatro años de gobierno y que ahora solo le parecen posibles en 20 o 30 años. A ese ritmo, habría que escriturarle el país con la esperanza de que algún día decida transformarlo.

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Está bien que Uribe, en su primer gobierno, haya decidido combatir de verdad a las guerrillas, a las que otros gobiernos usaban como pretexto para justificar enormes presupuestos de defensa, pero a las que dejaron crecer hasta volver el país invivible. Lo que está muy mal es que para hacerlo haya tolerado y estimulado una guerra sucia que manchó el honor del ejército y enlutó hogares de inocentes.

El Estado y sus fallos

El Estado colombiano, en manos de la politiquería y la corrupción, desamparó por décadas a los campesinos e hizo crecer a las guerrillas; después dejó el campo en manos de esas guerrillas hasta que llegaron los paramilitares; y después se unió a los paramilitares para acabar a la brava una guerra que él mismo había comenzado, pero nunca tomó la iniciativa de corregir los males de raíz.

Los males se corrigen de raíz creando una economía grande, sana e incluyente, expiando las culpas de la política facciosa mediante la única justicia real: fábricas, industria, grandes proyectos agroindustriales, vías, puertos, trenes de alta velocidad, un canal interoceánico, trabajo para todos, oportunidades para los jóvenes, una academia con ciencia y tecnología vinculadas a la producción para que los profesionales no tengan que irse, un Estado eficiente y no extorsivo, y una cultura que se haga sentir en el mundo no solo por el talento de sus creadores sino por el compromiso de toda la nación.

La alternativa de Sergio Fajardo

Frente a tantos desafíos, los políticos mediocres solo ofrecen odio y venganza. Solo saben señalar las culpas de los otros y crear una atmósfera de crispación. Por eso, el autor votará por Sergio Fajardo, y votaría también por Claudia López si se pudiera votar dos veces, deseando que gane, pero sin importarle si pierde, solo porque no quiere ser cómplice de la violencia que viene, de esa triste danza de oprobios e insultos en que se han convertido la campaña y la política, y del certamen de agresiones que promete ser el próximo gobierno si todo sigue como va.

Aquí nadie está libre de pecado, pero siempre están listos para tirar la primera piedra. Tienen ideas y talento, pero el odio les puede, y lo que más les falta es grandeza. Petro ha ayudado a los pobres, eso no puede negarse, y Uribe demostró que a Colombia se la podía rescatar del caos. Sin embargo, ambos sucumben a la pequeñez, a esa extraña herencia de rencor de las dos Colombias, que se necesitan mutuamente para tener a quién echarle la culpa de todo. Alarmantemente, les interesa más el fracaso del otro que el triunfo de Colombia.

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Por lo menos Sergio Fajardo no es un cruzado del odio, sabe administrar, tiene avances notables de modernidad en Medellín y está dispuesto a enfrentar los desafíos sin cobrar agravios del pasado. Si hasta ahora lo ha borrado el estruendo de los otros, su serenidad será cada vez más necesaria. Porque el que gane en esta polarización va a tener medio país en contra cuatro años más, y al final estaremos oyendo de nuevo a los mismos bandos rencorosos llamando a la venganza. Alguien tiene que pensar más en la grandeza del país que en los miserables odios de aldea; más en lo que hay que construir que en todo lo que dejaron las guerras y los años. Y tiene que haber alguna razón para que Colombia, elección tras elección, siga viendo en Sergio Fajardo una posibilidad. ¿Por qué no creerle a Colombia?