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“América Latina no es una región subdesarrollada, sino una región saqueada”: Eduardo Galeano.
Desde las luchas obreras que marcaron el Haymarket Affair, el mundo del trabajo ha experimentado transformaciones innegables. Se conquistaron jornadas laborales reguladas, surgieron derechos formales, se consolidaron sistemas de seguridad social y el trabajo pasó a ser reconocido, al menos en el discurso, como base de la dignidad humana. Sin embargo, en el tránsito hacia 2026, esas conquistas se han reconfigurado. La estabilidad se volvió excepción, la formalidad convive con la precariedad y el empleo dejó de ser garantía de bienestar. Hoy no basta con trabajar: se trabaja más, con menos certezas y, muchas veces, con menos protección. El avance existe, pero no es lineal ni equitativo.
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Lo que persiste es más incómodo: la lucha por la dignidad sigue abierta. Cambian los escenarios, pero no la esencia del conflicto. La desigualdad continúa marcando el acceso a oportunidades, el sistema exige aportes sin garantizar derechos plenos y el valor del trabajo se diluye en estructuras que privilegian la acumulación sobre la vida. Como lo advirtió Eduardo Galeano, América Latina sigue siendo un territorio donde la riqueza se concentra y la precariedad se distribuye. Hoy, como ayer, millones no luchan por mejores condiciones, sino por condiciones mínimas. Y en esa persistencia, el 1 de mayo deja de ser solo conmemoración para convertirse en recordatorio: las deudas históricas no han sido saldadas.
Actualmente, millones de personas sobreviven en la informalidad, con ingresos inestables y sin acceso real a un empleo digno. Donde el sistema de seguridad social obliga a cotizar, pero no garantiza una atención oportuna ni de calidad. Donde la salud, aunque proclamada como derecho, en la práctica funciona como privilegio. Un sistema en el que todos deben aportar, pero pocos reciben.
Un día para conmemorar luchas históricas
Hoy es un día para conmemorar luchas históricas. Se recuerdan vidas entregadas, literalmente, para conquistar derechos laborales básicos. Una minoría acumula. Una mayoría sobrevive. Y una clase media, cada vez más frágil, vive con el miedo constante de caer. Personas que estudian, se endeudan, trabajan... y aun así no logran estabilidad; profesionales que sobreviven, doctores sin empleo, docentes que apenas llegan a fin de mes.
Hoy prosperan con mayor facilidad quienes nacen en privilegio, quienes operan al margen de la ley o quienes capitalizan una lógica de visibilidad vacía en esta modernidad líquida que describía Zygmunt Bauman.
Una sociedad donde lo efímero se impone, donde el contenido se diluye, y donde, en muchos casos, se reproducen estereotipos que afectan identidades, cuerpos y formas de habitar el mundo. Mientras tanto, el planeta se deteriora, las guerras continúan, las cifras de muerte se normalizan y la desigualdad se profundiza.
La realidad de las oportunidades desiguales
La realidad es que no todos partimos del mismo lugar, no todos tenemos las mismas oportunidades y no todos pueden sostenerse en un sistema que, muchas veces, funciona excluyendo. De forma especial, los medios de comunicación tienen una responsabilidad en lo que muestran, en lo que silencian y en la forma en que construyen sentido sobre el éxito, el trabajo y la dignidad, porque la crisis que enfrentamos no es solo económica. Es ética.
Es la pérdida progresiva de la empatía, de la solidaridad, de la capacidad de indignarnos frente a la injusticia. Por eso, más que una fecha para celebrar, el 1 de mayo debería ser una fecha para cuestionar; para preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo, qué valor real le estamos dando al trabajo, y qué estamos dispuestos a transformar.
Porque si algo queda claro es que el trabajo, por sí solo, ya no dignifica cuando el sistema no garantiza condiciones justas; entonces, ¿qué quieren hoy los trabajadores de a pie?, ¿qué pide ese pueblo que siente que el sistema le prometió más de lo que cumplió? Justicia, dignidad, oportunidades reales.
Hacia una economía más justa
Una economía más justa, más razonable, más democrática. Una sociedad donde el origen no determine el destino, donde el apellido no sea la carta del éxito y donde los niños no crezcan viendo la violencia como única salida.
Una sociedad que, como soñaba José Martí, acompañe a las personas “de la cuna a la tumba” con dignidad; porque el 1 de mayo no debería ser solo memoria, debería ser incomodidad. La suficiente como para recordarnos que las luchas no terminaron y que la deuda con quienes trabajan y con quienes intentan hacerlo hoy más que nunca, siguen abiertas.



