En el vasto universo de la educación, existe una pregunta fundamental que sustenta toda práctica educativa y guía cualquier actividad formativa: ¿cómo debemos educar? En Colombia, la disparidad en las respuestas a este interrogante ha desencadenado al menos una guerra y una serie de disputas de carácter nacional. Las respuestas han sido diversas, contradictorias y cambiantes a lo largo del tiempo.
El conflicto histórico por la educación
Durante el siglo XIX, Colombia careció de un acuerdo nacional sobre cómo educar, lo que llevó a un siglo de cambios constantes en estrategias y objetivos. Desde el nacimiento de la República, surgieron tensiones educativas entre figuras como Santander y Bolívar, quienes defendían posturas irreconciliables. Esta división fue heredada por los dos partidos hegemónicos de la época: los liberales abogaban por una educación laica y estatal, mientras que los conservadores preferían una educación católica impartida por la iglesia. La disputa por qué enseñar, cómo hacerlo y quién debería enseñarlo escaló hasta desembocar en la Guerra de las Escuelas (1876-1877), un conflicto armado entre liberales y conservadores por el control educativo.
La educación hoy: entre intuiciones y modas
Hoy, aunque han pasado más de cien años, persiste una dinámica similar. Las respuestas sobre qué enseñar y aprender siguen supeditadas a las intuiciones de personas influyentes, ya sean élites políticas, agencias, fundaciones, empresas o gobiernos. Estas entidades materializan sus ocurrencias en un sistema educativo confuso, al que se le exige cumplir múltiples tareas: preparar para el mercado laboral, formar integralmente, fortalecer habilidades digitales, entre otras demandas interminables. A pesar de contar con más certezas sobre lo que funciona o no en la formación humana, muchas respuestas se siguen basando en intuiciones inestables y creencias poco seguras.
La tentación de la novedad
Las intuiciones actuales suelen dejarse seducir por lo novedoso, impulsando la idea de que la educación debe estar a la vanguardia de toda innovación y discurso. Ejemplos de ello son la inclusión irreflexiva de la tecnología en las aulas, la insistencia hegemónica en la inteligencia emocional o el mandato ciego de usar inteligencia artificial en las escuelas. Sin embargo, la proliferación de pantallas en los centros educativos y los peligros advertidos sobre su uso demuestran que imponer cualquier intuición sin una reflexión minuciosa no solo puede ser inútil, sino también perjudicial.
La pregunta sobre cómo educar sigue siendo un desafío central en Colombia. La historia muestra que las respuestas apresuradas, sin consenso ni análisis profundo, pueden generar conflictos y resultados contraproducentes. Es necesario un debate serio que trascienda modas y ocurrencias, para construir un sistema educativo que realmente forme ciudadanos capaces de enfrentar los retos del presente y del futuro.



