A los catorce años, Jaime Bayly fue interrogado por la policía por primera vez. Había escapado de la casa de sus padres tras sufrir una paliza de su padre. Robó una joya de su madre, la vendió a bajo precio y se alojó en un hostal de tres estrellas en una calle llena de prostitutas y delincuentes. El recepcionista lo delató a la policía, pero Bayly sobornó a los agentes con el dinero que le quedaba y estos se marcharon. Una semana después, sin fondos, regresó a casa. Su madre lloró; su padre guardó silencio.
La casa como cárcel
Bayly describe su hogar como una prisión. Su padre, cojo y amargado, quería que fuera militar; su madre, devota del Opus Dei, soñaba con verlo sacerdote. Las palizas del padre lo reducían a escombros; las plegarias de la madre sofocaban su identidad. La única salida era huir. En otra ocasión, tomó un tren a un pueblo montañoso para ver un partido de fútbol de su equipo favorito, los celestes patrocinados por una cervecera. En el hotel, fumó marihuana con turistas europeos. La policía confiscó la droga, pero no lo arrestó. En el tren de regreso conoció a un joven que años después sería canciller y a otro que sería primer ministro.
Robos en la iglesia
En una de sus fugas, sin dinero, Bayly ideó un plan: durante la misa de las seis de la tarde, tomó una cesta de donaciones y, fingiendo ser monaguillo, recolectó billetes y monedas. Al terminar, huyó al malecón, compró helados y se rió de haberle robado al cura. Sintió que la religión de sus padres estaba en deuda con él. Luego vendió el reloj que le había regalado su abuelo. Cuando el dinero se acabó, robó la cartera de una mujer en la iglesia, pero solo halló unos pocos billetes. Regresó a casa.
El parque de los vicios
A los quince años, Bayly durmió en una banca de un parque lleno de ratas y jóvenes que se prostituían. Observaba fascinado cómo los muchachos subían a autos de hombres y mujeres. Esa noche, la policía irrumpió y arrestó a varios. Bayly no se movió y no fue detenido. Luego, un auto de lujo se detuvo. El conductor era su tío materno, el hombre más rico de la familia, solterón y conocido por gustarle los hombres. Al ver a Bayly, lo llevó a cenar y le prohibió prostituirse. Lo alojó en su mansión, durmieron juntos en calzoncillos con dos almohadas de por medio, sin nada indebido. Bayly se sintió querido y protegido. Pensó: “Cuando sea grande, quiero ser como él, no como mi padre”. Al día siguiente, mientras desayunaban, deseó que ese tío fuera su padre.



