Investigadores de la Universidad de St Andrews, en Escocia, han publicado un estudio en la revista Nature que ofrece una nueva perspectiva sobre el destino de los planetas después de la muerte de su estrella. Tradicionalmente, se creía que cuando el Sol se expanda hasta convertirse en una gigante roja y luego colapse en una enana blanca, todos los planetas cercanos serían destruidos. Sin embargo, el análisis del planeta WD 1856 b, un gigante gaseoso similar a Júpiter que orbita una enana blanca a 80 años luz de la Tierra, sugiere que algunos planetas pueden sobrevivir e incluso migrar a órbitas más cercanas miles de millones de años después.
Primera evidencia atmosférica de un planeta alrededor de una enana blanca
El planeta WD 1856 b fue descubierto en 2020, pero hasta ahora no se había podido analizar su atmósfera en detalle. Utilizando el Telescopio Espacial James Webb, los astrónomos observaron uno de sus tránsitos, cuando el planeta pasa frente a su estrella. Durante ese evento, una pequeña fracción de la luz estelar atraviesa la atmósfera del planeta antes de llegar a la Tierra. Al estudiar cómo cambia esa luz según la longitud de onda —técnica conocida como espectroscopía de transmisión—, los científicos pudieron identificar las moléculas presentes.
Los datos revelaron tres hallazgos principales. Primero, la presencia de hidrocarburos, especialmente metano (CH₄), un gas común en gigantes gaseosos como Neptuno. Segundo, la existencia de aerosoles, diminutas partículas suspendidas en la atmósfera que forman una bruma. Estos aerosoles podrían estar compuestos de compuestos orgánicos, sales o hielos, aunque su composición exacta aún se desconoce. Tercero, y quizás el resultado más sorprendente, la temperatura del planeta: se esperaba que fuera de unos 160 kelvin (−113 °C), pero las observaciones muestran que la atmósfera alcanza entre 390 y 412 kelvin (117-139 °C), más del doble de lo esperado.
Una migración tardía explica el calor residual
Los astrónomos manejaban dos hipótesis para explicar cómo WD 1856 b terminó orbitando tan cerca de una enana blanca. Una planteaba que el planeta fue engullido por la estrella durante su fase de gigante roja y logró sobrevivir de alguna manera. La otra proponía que el planeta permaneció inicialmente en una órbita lejana y, miles de millones de años después, migró hacia el interior debido a perturbaciones gravitacionales de otros cuerpos celestes, ya que la enana blanca forma parte de un sistema de tres estrellas.
El exceso de temperatura no podía explicarse por procesos actuales, por lo que los investigadores concluyeron que se trataba de calor residual de un episodio de calentamiento ocurrido hace miles de millones de años. Utilizando modelos de enfriamiento de objetos subestelares y combinándolos con las mediciones del James Webb sobre la masa y temperatura actual del planeta, reconstruyeron su evolución térmica. Los cálculos indican que el episodio de calentamiento ocurrió entre 3.000 y 5.500 millones de años después de que la estrella se convirtiera en enana blanca. Esto descarta la hipótesis de la supervivencia dentro de la gigante roja y respalda la migración tardía.
Según explicó el coautor del estudio, Christopher O’Connor, en una nota de prensa, durante la migración el planeta se fue acercando gradualmente a la enana blanca, y las enormes fuerzas gravitacionales deformaron repetidamente su interior, generando un intenso calentamiento. Una vez alcanzó su órbita actual, cesó ese aporte de energía y comenzó a enfriarse lentamente hasta la temperatura que hoy detecta el James Webb.
Implicaciones para el futuro del sistema solar
El autor principal, Ryan MacDonald, de la Universidad de St Andrews, declaró: “El planeta WD 1856 b es bastante peculiar. Tiene aproximadamente el tamaño de Júpiter, pero la enana blanca que orbita tiene el tamaño de la Tierra, por lo que el planeta es siete veces más grande que su estrella”. Este hallazgo abre una nueva ventana para entender el destino final de sistemas planetarios como el nuestro. Dentro de unos 5.000 millones de años, el Sol también se convertirá en una enana blanca. Aunque aún no es posible predecir con exactitud qué ocurrirá con Júpiter, Saturno y los demás planetas gaseosos, el comportamiento de WD 1856 b sugiere que algunos pueden sobrevivir a la muerte de la estrella y seguir evolucionando durante miles de millones de años, modificando sus órbitas y atmósferas mucho después de que el sistema parecía haber alcanzado su estado final.
MacDonald agregó: “Este es solo el comienzo de nuestra exploración de planetas que orbitan estrellas muertas con el telescopio Webb, y la búsqueda de más planetas que orbitan enanas blancas continúa. Nuestros resultados demuestran que la muerte estelar no es el final: algunos planetas experimentan un futuro vibrante y lleno de vida después de la muerte de su estrella”.



